Realidades reiniciadas a partir del desarraigo

Reiniciar el yo.
Arrancarse de raíz para comenzar de nuevo.
Con el cuerpo desnudo, con la mente a cuestas.
En blanco, sin recuerdos de palabras dichas, sin sueños incumplidos o realizados.

Ocurre de vez en cuando. Puede venir del exterior, una crisis social, una catástrofe, una enfermedad, un cambio que arrase con todo.
Desmemoriados, absortos en lo que se presenta delante, con los sentidos expectantes, aguantando la respiración; alertas a lo que venga para rendirse a la valentía, coraje y respeto por lo que pueda venir.
Podemos sufrirlo en cualquier momento, también lo buscamos inconscientemente y otras, las arrancamos, las rompemos, las tiramos como un boceto o borrador en el que no seguirás trabajando. Me he preguntado durante los últimos meses, más aún estos últimos días, si era posible poder romper la vida. Romper con los parámetros y coordenadas de comportamiento social.

¿Por qué?, porque un día me quedé sin nada.

Ocurre de vez en cuando. Eliges, con más o menos opciones, hacia dónde te diriges, en busca de una realidad que construyes día a día, cada uno de ellos con la intención del total futuro, que visualizas, ideas y conduces. En tus manos y en el azar, en los cientos de movimientos posibles que puedan dar el resto de personas que forman parte de tu entorno, está el que el objetivo o la meta pueda ser alcanzada. Todo vale, esa es la cuestión.

¿Vale todo sin perder el objetivo?
¿Es posible no perder el sentido, la dirección, aún reiniciándose uno mismo o reconstruyendo por el camino?

Creo que es posible. Sin remedio. Es como innato a la vida. Caerse y volver a levantarse. Y, ¿hasta cuando es posible tener fuerzas y voluntad para seguir haciéndolo?. Yo me respondo que, seguramente me hartaré, me cansaré de sentir cómo lo que construyo, se cae, se rompe, se destruye o erosiona; me hartaré de levantarme una y otra vez o puede que no tenga fuerzas físicas porque se me acabe el tiempo de tenerlas.

Creo que es necesario sentar bases fundamentales entre la comprensión de ti, en relación como individuo, así como con la sociedad, la naturaleza, con la vida como ser natural y animal, con el pensamiento, la comunicación, los sentidos, la razón, la lógica, la física o la capacidad creativa. Todo ello estructura nuestro cerebro para poder ser capaces de afrontar la supervivencia de nuestra corta existencia. Más allá de esto, está la vida, entera, libre, en blanco, capaz de cambiar constantemente, con más valentía que la que podamos imaginar o entender, pues, la vida en sí es lo más insensato, inconsciente, descabellado, curioso, frenético y adolescente, que haya podido comprobar.

En la vida es posible todo, es un juego en el que las modas son pasajeras, estrategias con mil permutaciones posibles. Lo que funciona, nos da un resultado ahora, luego cambia. Agarramos lo que podemos para que dure lo que nos dure, lo disfrutamos, lo exprimimos, lo vivimos, lo sentimos, construimos sobre ello para reconstruir, derribar, volverlo a levantar.

La vida si es incansable, para ella todo vale; es como un constante momento en blanco, capaz de reiniciarse, arrasando, capaz de asolar, de explotar y arrancar de raíz, recomenzar, sin objetivo más que seguir de alguna manera viviendo, siendo vida. Somos los seres humanos incapaces de ver y sentirnos así, realmente como es, que es tan impredecible que incluso perdamos toda consciencia de estructura.

En muchas ocasiones me quedé en blanco. Desarraigada, recogiendo los restos que se me escapaban entre los dedos.
Aún me quedan fuerzas y voluntad de seguir, de construir y de volver a enraizar.

Expectante, con fundamentos básicos para continuar en la vida que se me presenta inmensurable, inabarcable, extremadamente incomprensible. Me siento como un pez, muy pequeño, en un océano que maneja la marea en la cual yo, quiero dominar mi movimiento.

Quiero creer que sería posible concebir una sociedad reiniciada, rompedora de estructuras vitales, con bases fundamentales expectantes de ser cualquier otra cosa, con valentía, con fuerza vital, con capacidad de levantar y sobrevivir más allá de intentar seguir y salvarnos de la tormenta, recogiendo todo lo que podamos cargar. Algo despojados de equipaje, para reiniciar nuestro camino, confiando en que la vida es más de lo que atrapamos en afán de conservar.

Expectante, con los sentidos en alerta a los posibles cambios y vigilantes de nuestras bases fundamentales, seguimos reiniciándonos y sobrevivimos, con cientos de posibles movimientos y variantes que nos presenta la vital realidad que es aún sin que seamos.

Hace poco reinicié una realidad, por desarraigo, para volver a enraizar en la vida, cambiante e imprevisible, sorprendente e irremediablemente descabellada, frenética, inconsciente, curiosa e insensata.

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