Inventando. “El amor de tu vida”

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-Ser amados nos hace ser y querer ser mejores personas, pero amar y querer lo que uno es, lo que hace y la vida tal y como ocurre, te hace ser mejor persona-.

…Sentados alrededor de la mesa camilla, con su calefactor caldeando el invierno, unas bebidas y algo que picar para acompañar la charla.
Nos ponemos al día de noticias, anécdotas, reímos con los chistes que nos contaron y variedad de tonterías que vienen a colación para pasar una buena tarde-noche.

Estamos muy lejos de “Sexo en Nueva York” y de idílicas reuniones de viejos amigos de “Friends”. A lo que más nos acercamos es a la realidad de un grupo de personas que, a partir del viernes tarde piensan en liberarse de rutinas de madrugar, impuestos, clientes, jefes, profesiones en vía de desarrollo y responsabilidades sociales o familiares.

A la segunda copa de vino la cosa se anima y nos relajamos, acomodándonos en el ambiente a media luz, unas velas y eligiendo música acorde al paso de las horas.

Luis, sentado frente a mí, inauguró la velada con sus historias de encuentros amorosos y propuestas deshonestas por parte de una compañera de un grupo en el que se ha metido para reconducir su vida laboral. Nunca le faltó trabajo, ha entrado en esa edad en la que las empresas ya no te quieren y su carta de presentación ha de ser decorada con nuevas técnicas de marketing. Nos hizo reír contando las terapias de abrazos que se generan entre desconocidos, en iguales circunstancias de desamparo económico, y los postureos ante una cámara de video que le harán ser más abierto y atractivo ante posibles entrevistas. Sus ojos comienzan a achisparse, me pide papel para liar un segundo cigarrillo de marihuana, ésta se la pasó una amiga a Rosana para infusiones relajantes, la metió en un tarro en el que escribió “Hierbabuena”.

Rosana, estaba sentada a la derecha de Luis, con el que compartía una manta, es adicta al tabaco y al café, es fácil tanto en la lágrima como en la risa y atiende que no falte nada para beber. Hasta la cuarta cerveza no notas nada en ella, ya a la quinta, coge “el puntillo”, y puede ocurrir cualquier catástrofe dramática rememorando sus momentos bajos, remontándose incluso a su infancia. Se le dan bien los números y ajustando las cuentas de otros, sobrevive y le hace levantarse a las 6:15 a.m. Se está recuperando de un desamor que traicionó sus expectativas, así que unos tiros al cigarrillo relajante le vienen muy bien para reír sin motivo, hasta de mi flequillo. Cosa que no podría hacer con Pura, que su pelo cae al perfecto estilo japonés.

Pura está iluminada entre la luz de dos velas sobre la mesa, pega sorbos a un vaso de agua del tiempo y picotea palomitas recién hechas. Se muestra prudente y expectante ante lo que sucede sin aflicción. Escucha y se ríe, asiente y sigue la conversación. La cálida luz potencia su tez blanca tirando a textura porcelana, pequeña pero llenando un espacio considerable con su rotunda y equilibrada presencia. Es experta en alquimias y sus conocimientos serán remunerados por muchos años, sin preocuparse por renovar su técnica de pose en este incierto mundo laboral. Arraigada a su tierra, es fiel a tradiciones y a la amistad, siempre llega cinco minutos más tarde que María.

A María le encanta su tarea, tiene una verdadera vocación, encontrando un equilibrio perfecto entre sus sueños y la realidad. Siempre rodeada de amigos, familia, proyectos laborales que le incentivan y se apunta a todas las fiestas, pero sin descocarse demasiado. Se ríe de su sombra ironizando con lo que podría ser y lo que resulta ser después, intuitiva y fuerte como un roble. Eso le dije yo un día: “María, estás sana como un toro”, y ella añadió: “¡fuerte como un roble!”.

Yo, esta “mujer sin igual”, más o menos igual que todos, en el mismo intervalo de años vividos que mis contertulios, en búsqueda de alternativas para no posar por conseguir un contrato basura. Con un solo vino ya me estoy riendo de los ojos achinados de Luis. Comienzo a decir muchas tonterías a la segunda copa, y a la tercera, te puedo declarar mi amor, aunque te acabe de conocer. Me gusta la simbología y todo lo que tenga que ver con el contenido mágico de las cosas, como las metáforas o descubrir formas y significados a la espuma del café. Ellos lo saben, así que de vez en cuando cogemos mi baraja del Tarot para plantear adivinanzas, y con las figuras e iconos, desvelar los aconteceres que pudiéramos vivir. ¿Qué te depara el destino?…

-¡Tachán, tachán!, veo a un hombre moreno que vas a conocer muy pronto con el que tendrás una aventura apasionada…-.

O algo así como, -vas a recibir una oferta laboral en la que puede que cambies de ciudad-.

Les hago barajar y elegir, después, los Arcanos nos hablan con sus figuras y yo compongo la historia, creando expectativas estrambóticas o con cierta posibilidad.
Esta noche fue diferente, fue María la que quiso echarlas a los demás. A mi me gustó la idea, ya que nunca me predicen el futuro.

-¡Qué bien!, a ver, a ver…-.

Hizo dos rondas a cada uno, con preguntas sobre la vida en general y lo que más juego daba y tema principal que alargaba la lectura:

“El amor de tu vida”

~
¡Qué solos aún entre amigos!
el desértico corazón que anhela
más amor, si se puede desear
con desespero, el frío es testigo
de sábana que pasión no alberga,
de deseo de pecho que abrazar.

¡Qué solos aún entre colegas!
suspira la ausencia constante
buscando la sintonía perfecta
de poesías e idilio por entregas,
árido baile de lluvia incesante
del chamán, el amuleto acepta.

¡Qué solos aún entre amantes!
a uno solo de compañero tolera
en íntima y romántica confesión,
como él o ella, nadie hubo antes,
acostar y levantarse con bobera
que seas por quien late su corazón.
~

El amor, ahí está siempre, que un rato de charla nos dio, nos reímos un poco de todo, pero me queda la sensación de si realmente nos afecta tanto estar solteros. Es curioso eso del amor, anhelamos algo más, mucho mejor, que ni la amistad, el compañerismo o la familia nos puede dar, queremos que sea único y nuestro, que nos acompañe hasta el fin del mundo, superando junto a ti todos los problemas, sobretodo, con la fuerza de ese amor, que el destino hizo realidad, aquel que va contra todos y todo, porque… el desamor, nunca jamás, quisieras soportar, porque es cansado terminar y comenzar. Porque es el destino, y el destino es una fuerza superior a lo humano, es más fuerte que tu voluntad, incluso lo dicen las cartas del Tarot, o las estrellas, con signos y caminos que escoger para que seas finalmente feliz, tal y como estaba escrito para ti.

En fin, es divertido hacer lecturas, nos lo pasamos bien, creo y confío en que al día siguiente ninguno se acuerde ya, que olvide lo que le dijeran los arcanos les fuera a suceder, pues nada cambiaría, porque: “lo escrito, escrito está”…

-Y yo, esta mañana, me enamoré de la lluvia chispeante, por la tarde me dejó, pero vino el sol y me volví a enamorar, puede que esta noche le sea infiel con la luna, pero no será traición, él antes me abandonó, o quizás con las estrellas me eche a dormir, dejando que alguna de ellas repose sobre mi pecho, y al despertar saldré de entre las sábanas como alma que lleva el diablo, para sorber un riquísimo café y luego seguir -.

~¡¡Príncipes y princesas, caballeros, poetas, gigolós o mujeres fatales, románticos, señoritas, hombretones, muchachitas rescatables de prisiones perdidas, héroes enmascarados, a caballo o en bicicleta, heroínas, tonticos o villanos!!

¡Diviértanse y hagan el amor!~

Inventando. “Cuento del lobo pastor”

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Ocurrió una vez que un lobo y un cordero vivieron unidos y en paz, yo diría que incluso fueron felices.

El lobo rastreaba cada día huellas y señales en busca de sustento, unas veces quedaba más satisfecho y comía para varios días o semanas, pues otras no era lo suficientemente sustancioso o nada que llevarse a la boca. El más rico de los olores era el del cordero, se acercaba siempre a la manada, conocía ya el rastro y campo donde pastaba, observaba su movimiento, estudiaba cómo podría hacerse con todos, pensó que si lograba tenerlos para él, no le faltaría alimento por mucho tiempo.

El lobo descubrió que todos los corderos se movían como si fuera uno solo, que era fácil cazar a alguno rezagado, pero no era su intención, así que trazó un plan, atraparía a uno y con su piel se haría pasar por uno de ellos para ganarse su confianza y llevarlos cerca de su guarida para adiestrarlos como rebaño y despensa inagotable.

Así ocurrió, encandiló a uno de los corderos extraviados, haciéndolo volver al grupo. Cada día volvía a separarse y le hacía alejarse cada vez más, dirigiéndolo hacia su cueva, volviendo después al redil. Se hizo pasar por cordero, llegó incluso a pastar, alguna noche se escabullía para cazar pequeñas presas que saciara su instinto carnal. Pasado un tiempo y ganada su credulidad, logró que el rebaño se dirigiera hacia su propósito.

El cordero rezagado iba pegado siempre a él, también aprendió a rastrear, incluso alguna noche le siguió y hacía colación con los restos que desechaba su raptor, algo orgulloso, el lobo dejaba un poco más para su compañero. Y si, así fue, llegaron a ser compañeros, corrían, jugaban, se divertían en las escapadas, acompañaban a la manada a pastar, dormían juntos incluso, al lobo le complacía el calor que éste le aportaba y el cordero se sentía igualmente en manada.

Y ocurrió algo inesperado.

Este encuentro se convirtió en una relación de camaradería, el lobo llegó a quitarse la piel de cordero y no creó ninguna expectación ni terror a su compañero confiado, el redil fue alejándose, pues la vida de dos fue ocupando lugar en el cotidiano de esta pareja peculiar, dejándose llevar por las noches y los días de convivencia extraordinaria. Llegaron a comunicarse en una lengua endémica, fueron inseparables lobo y cordero, cómplices, íntimos y amigos, incluso hermanos, diría yo.

No solo el cordero aprendió a cazar y comer más que hierbas, el lobo compartió y su vida en solitario cambió radicalmente, iban juntos a buscar prados donde pastar el cordero, mientras el lobo lo protegía de otros cazadores, al lobo le encantaba acurrucarse en su blando y acogedor cuerpo en la oscuridad de su cueva. Amaestrados estaban ambos al aullido y al balar, correteaban y saltaban jugando, y así por mucho tiempo vivieron en equilibrio.

Llegaron tiempos de frío y escaso de alimento feroz, el lobo comenzó a palidecer y demacrarse, su instinto enloquecía su amor por el cordero obsesionado por la idea de devorarlo. Para poder controlarse, escapaba a cazar en solitario y dejaba al cordero indefenso. Preocupado por éste, volvió a trazar un plan, haciendo que el cordero volviera a su manada. Se puso la piel de cordero e hizo lo mismo que entonces, hacía que su amigo le acompañase y durante el día pastaba con sus congéneres, pero, por la noche, amaestrado, volvía buscando la seguridad de la cueva, encontrándose solo y el suelo ensangrentado, con restos de la misma sangre que le hizo nacer, pues al redil acudía el lobo a cazar en la oscuridad, hincando sus colmillos en las pieles mullidas y rizadas. El cordero, atemorizado por el olor de su propia muerte, escapó, pero la costumbre del amaestramiento le hizo volver a pesar del miedo, confiando en que saldría bien parado.

Sintiendo el lobo que traicionaba la confianza de su cordero hermano, quiso echarlo definitivamente, le mordió y le aulló fieramente para asustarlo y que huyera al refugio del rebaño.  Así fue. Pero el lobo no quería abandonarlo totalmente a su suerte, sabía que todo había cambiado para ambos, que al cordero le rugirían las tripas echando de menos algo de sangre en su pasto y ahora más que nunca tendería a rezagarse de la manada poniendo su vida en peligro; y él, ya no podría estar más solo, aunque satisficiera su famélico instinto con la sangre de otras presas, pues sentía un cierto dolor al herirlas de muerte, empático en los recuerdos de unión y compañía. Eso le hizo jugar con ellas y apresarlas durante un tiempo en su cueva, que medio inconscientes, servían de almohada al lobo, antes de su trágico final.

Quiso el lobo pastor mantener al cordero en su supervivencia, protegiéndolo y aportándole su dosis de compañía colateral, y quiso el cordero seguir dando compañía y calor al lobo en su cueva. Se escondían entre las rocas y árboles a jugar y saltar como entonces. Con el tiempo, esos ratos se fueron alargando, su amistad sobrevivió al manso y al feroz, al sol y a la oscuridad, a la manada y a la soledad, al miedo y al cazador, al frío y a la escasez. Aprendió a convivir en equilibrio esta amistad de extraordinaria camaradería; el cordero, sin vuelta atrás a sus orígenes y el lobo, con sus instintos adiestrados, jugaron, cazaron, pastaron, aullaron, balaron y reposaron juntos hasta el fin de sus días.

En la cueva yacieron, quedando sus pieles acurrucadas, donde no se pudo distinguir jamás quién fue lobo y quién cordero.

LoboPiel-CorderoPiel-Lobo

~

Esta historia se la dedico a mi amigo, que siempre dice que es un hombre fatal

y se veía identificado con la imagen del lobo con piel de cordero, lo que no sabe él es

que, si yo vistiera piel de lobo, no me haría ser cordero y tampoco lobo.

Somos compleja y simplemente hombre o mujer, con piel e instintos humanos.

Expresándome. “Oda a Arquímedes”

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Hay momentos en los que sale un yo que no sabías tener.

Mi amigo me dio sus manos, sus pies, su calma, silencio y generosidad.

Hambrienta de más, le pedí sus codos, rodillas y ojos para ver.

Buscaba, iracunda, que todo estuviera tal y como yo quería.

Me agarré a todo sin mirar qué o quién.

Grité como si habitara en una cueva solitaria.

~

Hay momentos en los que se te olvida cómo quieres ser.

Mi amigo siguió ahí, sus manos, sus pies, su calma, silencio y caballerosidad.

Saciada y sin más que vomitar, codos, rodillas y ojos rogué devolver.

En mi estado indefinido todo se ordenó tal y como imaginé que sería.

Quise recoger el qué y mirar al quién.

Silencié el grito que antes daría.

~

Hay momentos en los que eres lo que no sabías que podías ser.

Mi amigo Arquímedes resistió con serena tenacidad.

Ya calmada, levanté la mirada y restauré la razón de permanecer.

Desmembrada y hastiada de mí, su abrazo rogaría.

Observé las huellas que marcaron el punto de apoyo por un bien.

Sé lo que soy y cuando me caigo, me levanta su camaradería.