Diario no diario. “Nudos en la garganta”

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Mi amigo siempre dice que cuando me lee se le hace un nudo en la garganta.

Le digo que la alegría no hace falta expresarla escribiendo, que no necesitamos comprender,  ironizar o analizarla.

Él me pregunta si escribo sobre mí y lo que vivo.

Le digo que a veces lo hago para entender mis propias emociones, y también lo que veo y vivo de los demás, que invento situaciones, exagerándolas, dramatizando un hecho, que quizás no es para tanto, pero que me ayuda a comprender otras circunstancias, otras relaciones. De esto trata la vida, de relaciones. Y no es triste, es simplemente complicado…

Una amiga me contó una vez que quiso empezar una nueva vida sin rencores y malos sentimientos, perdonar y personarse, así que escribió en un papel todo aquello que quería dejar atrás y lo envolvió en un precioso papel de regalo, le puso un lazo y lo tiró a la basura.

A ella le sirvió seguramente, lo que me quedó de su historia fue lo de envolverlo en un bonito papel de regalo, comprendí que es parecido a la poesía, un cuadro o una canción, dando una forma hermosa a  emociones con las que, de otra forma, no podrías seguir viviendo, porque no se puede vivir con pesar, rencor, pena, sin perdón, con desamor o frustración.

No se puede vivir con nudos en la garganta.

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Diario no diario. “Al despertar”

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A veces, (no siempre lo consigo), escribir evita que se separen y divaguen sin rumbo las partes que me componen, como la atracción que ejerce el sol hacia los planetas, dando sentido y procurando el equilibrio, o quizás sea la única forma que tienen de comunicarse unas con otras. Dando sentido común y cuerpo que me defina.

“Aquí el corazón, aquí los riñones, pulmones…”. No sería tan fácil hacer esto con el cuerpo, pero no es que sea fácil tampoco con lo que no es tangible de nosotros.

El alma, la consciencia, memoria, las vivencias, el conocimiento… Solo el tiempo las puede medir y comprender, ubicarlas donde deben estar en cada momento. Si una parte se mueve, fuga o muere, las otras se verán afectadas y se recompondrían buscando otra armonía.

Y así es, escribir, pintar, seguir caminando, hablar, escuchar, fabricar algo o las cosas sencillas del día a día, todo puede servir para que esa galaxia vaya del caos al orden, del orden al caos, tomando la nueva forma que se nos desvela al despertar.

La mañana o el despertar, es como un sabor que no quisieras que acabara y que se desgastara al saborearlo todo el día.

~

Escribo mis cien sueños al amanecer
con tinta de palabra indefinida
miro la forma de luna renacida
que a Venus ahora fuera a mecer.

Como criatura que viene a la vida
con la sana curiosidad de descubrir
cuento estrellas que se van a ir
y retengo otras que el sol abriga.

~

Diario no diario. “Cortocircuito del yo”

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Cuando intento ser otro, no es empatía, a veces creo que debo esconder mi luz e iluminar con el brillo de otros. Y se nota, lo sé, lo saben todos.

Hoy me pasó, creí que debía ser otro para seguir sus pasos, su camino. Para ello me disfracé de lo que no sé hacer, de lo que no manejo ser. Por supuesto me equivoqué.

En parte, que mi alrededor se diera cuenta de que algo no funcionaba, fue casi un halago más que una crítica, pues reclamaban el ser que soy y no otro.

No sé en qué momento decidimos comportarnos de una manera que no somos, pero sé por qué es, y esto es por ser aceptados, creer que acertamos en la forma de ser parte de un grupo social. No sé en qué momento, pero somos totalmente conscientes de ello. Sabemos que no debe ser así, sabemos que nos está costando más esfuerzo del que debería, y aún así lo hacemos.

Hoy me pasó. Si. Y enfermé. Me parece mentira no haber aprendido que, ser y actuar tal y como uno es, es la mejor opción, incluyendo las consecuencias, ya que si éstas son las producidas por ser otro, no sabríamos afrontarlas. Alguien me recordó que somos humanos, que a veces pasa. Es cierto, y a pesar de ello no acepto en mí ciertos comportamientos, ya que cuesta mucho desarrollarse en uno mismo como para faltarnos al respeto de esa manera.

(Cuando intento ser otro, no es empatía, a veces creo que debo esconder mi luz e iluminar con el brillo de otros. Y se nota, lo sé, lo saben todos).

Brille o no, será mi propia luz y la conoceré como para saber de dónde sacar más, dónde atenuarla sin la dependencia de ser quien no soy.

Ser uno mismo y conocernos ya es bastante duro y largo de hacer, como para ser otro.

Que el mundo se enriquezca de muchos seres con sus particularidades, carácter, formas, luz y propio color, eso he recordado hoy. Hace todo mucho más sencillo.

“Cortocircuito del yo”, lo llamaré.

Diario no diario. “La belleza no es necia”

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Cuando alguien me muestra el lado agrio, necio o feo, me voy de inmediato ante el paisaje más bonito que tenga cerca. A veces es el pasaje de un libro, la fotografía de alguien a quien quiero.

Sombra entre castaños

Un ser humano puede ser todo, desde la maravilla de las maravillas, a lo terrible, oscuro, feo, destructible y abominable. También la naturaleza lo es, pero ésta no se discute, pues es consciente de sí aunque sin necesidad, porque su consciencia es innata en su esencia vital y no en el pensamiento, no tiene razón aunque argumentemos lógicas de comportamiento.

Si me das lo peor de ti seré intolerante. Pero escribo para comprender, al menos a mí, en el mejor de los casos, ya que soy el objeto de una agresión verbal, de malos modos, falta de respeto, del vómito y reflejo de una reacción. No lo tolero y no lo entiendo, solo puedo callar y analizar estos juegos de las relaciones humanas, donde la discusión no tiene cabida, pues no se llega a ninguna buena conclusión con quien no es consciente de sí mismo, menos aún si no lo es de su entorno.

Finalmente, sigo sin entender y sin aceptar, comprendo, observo, sin analizar demasiado, ya que es tan evidente,… que, quien hiere, a veces, es ignorante de su ser, de la naturaleza de sus emociones. Si no te conoces, no sabes el porqué de tus reacciones, al menos de la causa primordial. Y es el miedo, (siempre él) y la ignorancia, los detonantes de casi toda complejidad emocional.

Podemos demostrar odio cuando en realidad la causa es el miedo al juicio. Podemos despreciar con faltas de respeto, cuando nos impulsa la envidia. Envidia, celos o rencores, son sobrenombres del miedo que desequilibran la armonía del ser.

-Comprender no hace menos necio al necio ni mejora los hechos-.

-Llegar a conocerse bien es complicado, pero las relaciones y circunstancias ponen a prueba quiénes somos y cuán conscientes nos hacemos de todo-.

-¿Para qué sirve conocerse?-, me pregunta mientras paseamos.

-Para saber por qué haces ciertas cosas, de las que después aceptas las consecuencias y terminas viviendo con una gran joroba de hechos que olvidar, perdones que nunca pedirás o concederás y en el peor de los casos, olvidando u obviando aunque pierdas a las personas que estaban a tu lado-.

-Un mal momento lo tiene cualquiera, la imperfección y el error es intrínseco al ser humano-.

-Una reacción desmedida es subjetiva-.

-¿Y una comedida?-, preguntó sonriendo y levantando una ceja.

-Acorde a la situación, sería lo propio-.

-O sea que si me cuentan un chiste que ya conocía y que me hizo cierta gracia en su día, pero que hoy me hace reír a carcajada limpia, ¿es una reacción desmedida?-.

-No lo es, si no contiene malicia, sarcasmo, ironía u otro propósito con intención de ofender a alguien-.

-¿Debo contenerme para no ofender si me dan unas ganas tremendas de hacerlo si alguien me cae como una patada en el culo?-.

-Pues si. Nadie te obliga a estar con esa persona, y si has de estar en el mismo lugar o reunión por causa mayor, pues has de ser lo suficiente humilde como para evitarla o procurar no caer en trampas dialécticas, necias o sin buen fin. A nadie aporta nada esto. Vete de su lado, o también puedes optar por decirle que no estás de acuerdo o no compartes la misma opinión, callar mejor que ofender-.

-¡Con lo bien que sienta poner a alguien en su sitio si le tienes ganas!-, se rió.

-Está mal, es feo esa actitud, inmadura también. Aunque desahoga por un rato, eso si. Pero hay que comprender que la persona tonta o necia, lo es y ya está, no hay posible discusión con quién no quiere oír y no desea que nadie le exponga su necedad y fealdad ante las narices-.

-¿Cortesía?-.

-¡Respeto!-.

-¿Me trago mi orgullo?-.

-Conservarlo para cuando realmente te sirva, tu amor propio no será dañado si eres humilde-.

-¿No me puedo defender?-.

-Si que puedes, mientras no entres en juegos ni comportamientos que lleven a más violencia, sin acritud. Hasta para defender tu dignidad has de ser humilde y pacifico, pues aquel que usa la agresión verbal o física no tiene más argumento ni arma y ante esto, es mejor marchar, dar media vuelta y alejarte-.

-¿Y todo esto para qué?, ¿no se puede ser instintivo, impulsivo, he de tener conocimiento y conciencia de mí constantemente como para saber ser comedido en cada situación?-, dijo con cierto drama pero siempre con una sonrisa en los labios.

-El conocerte simplemente te ahorrará problemas de comunicación y llevarte a terrenos a los que no quieres llegar. Pero esa consciencia de ti mismo y de los demás llegará a ser tan natural como respirar, una vez que fundamentes las bases, todo va solo, como en la naturaleza, casi sin ser consciente-.

-¿Nos quedamos aquí un rato?-, propuso.

-Todos se han sentado mirando hacia el monumento, si, ¡es precioso!-.

Entre maravillas

Huiré de lo banal, aunque sea por un instante, un hola, un guiño, un gracias, adiós, buenos días cordial o la mirada de un gato, será para esa persona precisa y para nadie más, aunque no sepa su nombre o sus vivencias, alegrías o tristezas. Pues siento que nada ha de pasar desapercibido, en cada instante de los días. No será cuestión del deber vivir con intensidad la vida, como si fuera el último día de tu vida. Es solo saber que has de ser y dar lo mejor de ti. Por muy fugaz o breve que sea un contacto, ha de ser veraz.

Y me fui a sentar al lugar más hermoso que hay en esta ciudad, alejándome de la necedad.

Los hay sencillos como la orilla del río, el sonido de los vencejos o el buenos días con la mano de un madrugador corredor.

Pero quise estar rodeada de la más compleja belleza y maravilla, para que me colmase todos los sentidos.

En la ciudad los ruidos casi no me dejan oír la musica del auricular, demasiado caos, como el de los viandantes y sus prisas. (Quizás yo sea una más).

Hoy no hubo canciones, ni yo tarareé, solo el rumor del correr del agua, las fuentes, los pasos y sin alientos del que iba en mi misma dirección, los colores y la luz entre los castaños, la tierra y empedrados que sentí en las plantas de los pies.

Quise descalzarme y unirme a tanta armonía, pero solo estuve, como parte de ese todo, sin prisas y sin lugar a discusión.

La belleza no discute.

-La belleza no es necia-.

-¿Qué me miras?, siempre sonriente mi tranquilo amigo.

-Has puesto la misma mirada que el gato de antes-. También sonreí, volviendo a mirar la maravilla.

-Estoy de acuerdo contigo sobre lo de la belleza, que no es necia, pero no en lo de conocerme, ¿qué importa si parezco un gato?-.

El gato

Diario no diario. “Sobre la elegancia”

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LaBiblioteca

A veces imagino que una persona es como una casa, con sus diferentes estancias y con su propia funcionalidad. A cada parte de nuestro cuerpo le corresponde un lugar, un cuarto donde habitar, tanto lo que contiene, las herramientas de las que disponemos y el cómo hacemos. A su vez, todas están dirigidas por el cerebro, que sería la zona más importante de esta casa. Prestamos cuidado a unas más que a otras. Organizamos y procuramos que todo esté en su lugar para que sirva en el momento preciso.

Si, imagino que, tanto cuerpo y mente, son como nuestro hogar, donde vivir, descansar, sentirnos seguros, proteger, gozar, hacerla confortable, decorándola a nuestro gusto, guardando los objetos más preciados, amueblando las habitaciones de la manera, útil o no, que nos hace sentir en armonía con nosotros, cuidando de ella como una propiedad que nos ha tocado en hipoteca vitalicia.

Me viene la imagen del trastero, ese cuarto donde metemos lo que vamos usando menos, que no nos gusta ya, aquello que conservamos para otra estación, lo viejo, lo que queda para el recuerdo o por olvidar. Donde se acumula el polvo y anidan arañas, se corrompe el metal y se apolillan las agendas y dietarios. Zapatos que ya no nos van, ropa pasada de moda y talla esperando a adelgazar, pelucas que sirvieron para disfrazar y guirnaldas de Navidad. Juegos de infancia que son reliquias, álbumes amarilleando, que sacas al nuevo conocido y para hacerte recordar ese cómo éramos, de novias y novios que, llenos de ilusión, nos completaron con recortes y fotos ajenas en collage de un futuro idealizado,… soñado. Un cuadro a medio pintar, colonias de aromas que ya huelen rancio, aquel tiesto de la planta que murió, rollos de calendarios benéficos que no llegamos a colgar, o la caja de herramientas con los alicates y tenazas, que no llegas nunca a diferenciar.

Siempre me gustaron las casas con desván, un sótano o con un cuartillo en la azotea. Con escaleras que crujan, un ventanuco por donde entre la tenue y lúgubre luz, creando un ambiente misterioso y no dejando entrar mucho aire limpio,… ese olor a guardado, a polvo y cartón. Pero es solo una idealización, pues en lo práctico, no podría soportar que estuvieran esas cosas tan poco a mano, sin poderlas ver y usar en cualquier momento. No soporto el polvo y tampoco saber que hay libros que quisiera leer pero están mohosos y con bichos.

-Revolver entre los viejos cacharros y ropa de hace años es divertido-, me dijo él mientras preparaba los espaguetis. Habíamos quedado el sábado en su casa, me dijo que me prepararía su mejor receta de pasta, y la verdad es que la prepara con un punto exquisito. El único problema es que me sirve demasiado, así que la comida se alarga unas dos horas, charlando y tomando vino, hasta que me lo acabo todo, pues yo soy así, no me gusta dejar nada en el plato.

-Si, es verdad, me gusta mucho curiosear e investigar en estos lugares, solo que, de no usarlos, te dejan bolas de polvo por todas partes y sensación de tenerte que duchar después-, le dije rascándome la nariz y sacudiéndome las manos.

Al cabo de los años comprendí que no podía acarrear con la caja de tesoros y recuerdos, así que cada vez se fue haciendo más pequeña. Pero lo que más me gusta es poder usarlo todo. Los libros a mano, la ropa de invierno y verano en el mismo armario y no acumular zapatos o complementos que no vaya a ponerme. Lo que tengo, lo uso o lo tengo a la vista para saber que está ahí. Si no me gusta o no lo voy a usar, lo doy a quien le pueda servir más. No esperando que lleguen mejores tiempos, tener una casa más grande o compartirlo con quien no conozco aún.

Es el hoy y el ahora, la conciencia de saberte vivo en este preciso momento, en el que, el pasado, es columna vertebral y sobre ella seguimos construyendo. Mantener vivos los espacios, estancias y cuartos del hogar, esto es, cultivar lo vivo que hay en nosotros cada día. Alimentar los sentidos con el placer de las artes, la contemplación de la belleza de la naturaleza, saborear los alimentos, cuidar la piel y la estructura del templo de tu alma. Dar la salud de la alegría y el llanto al corazón; oportunidad de movimiento a los pies, cosas que construir, dar y coger a las manos. Reparar y reconstruir lo caído o arruinado, renovar lo antiguo dándole sentido a su existir.

-Me parece muy bien, pero, ¿qué tiene que ver todo esto con “la elegancia”?-, me pregunta con curiosidad y una sonrisa ladeada. Mi amigo es muy correcto, atiende siempre que le cuento cosas, aunque me repita contándole anécdotas, recuerdos y dando ejemplos. Me gusta mucho, además es curioso lo riquísimo que ha cocinado los espaguetis, voy por la mitad y, aunque ya reviento, no puedo dejar de comer.

-Creo que, cada uno tiene un sistema de gestionar su cuerpo, su casa o sus herramientas, y a esa “forma” la llamo elegancia-, le respondí.

-¿Más vino?-, me ofreció, cogiendo la botella con la servilleta al mejor estilo de un buen restaurante y con los ojos sonrientes y serviciales.

-Si, lleno por favor-.

Será la forma en que te mueves la gracia heredada, don que desarrollar, el cómo caminas y te acerques a mí y al mundo, la manera en la que dices lo que piensas, y hasta en qué piensas.

Hay días que, mientras limpio, quito el polvo o aireo los cajones, descartando bocetos que ya no me servirán, en los que imagino mi mente en ese estado, el de haber dejado partes polvorientas, cosas que dejé arrinconadas, lugares que no cuido o no recuerdo tener; aspectos de mi carácter o todo aquello que postergué para otro momento.

Somos como somos y podemos gestionarlo como mejor nos funcione. Para mí, “la elegancia” es lograr tener una armonía entre todos nuestros rincones, no haciendo cargar una parte de nosotros, o ese desván, más que otros lugares, reconciliar la ira, celos, envidia, dolor o alegrías, en un ambiente que lo englobe todo. La personalidad y el carácter da vida y forma al qué y al cómo vivimos. La consciencia de ser y estar en el preciso instante en el que habitas y vives, acorde y en armonía con quién y como eres.

-Y esto es la elegancia-, después de decir esto me llevé la copa de vino a la boca con estilo exagerado, tragando ese buche que ponía fin a mi discurso sobre “la elegancia”.

-¡Vaya!, no lo habría imaginado, pero el caso es que no te he invitado solo para comer este sábado, tenía la intención de pedirte, después del postre super casero y hecho con muchísimo amor, por supuesto, pedirte que me ayudaras a reorganizar el trastero, además tengo una colección de libros de Julio Verne, que heredé de mi tío, que me gustaría regalarte, ya que yo no los voy a leer y sé que tú lo adoras-.

-¡Pues eso si que es un regalo magnífico!, y yo que pensé que era un sábado de espaguetis y postre super casero y hecho con amor de lo más normal y extraordinario a la vez, pero vas y me pones un delantal para ¡quitar el polvo!, jajaja, claro que te ayudo a limpiar y reorganizar, que ya sabes que se me da bien, pero que sepas que voy a abrir todas las cajas y rebuscar en cada rincón, ¡que soy de lo más curiosa!-.

-¡Después te duchas!, pero tranquila, no hay mucho, ¿ya no recuerdas que hace un año hicimos lo mismo?-

-¿Si?, pues no, pero me alegro por hoy, y me llevo de regalo a mi Verne querido, ¡ole!-, aplaudiendo.

-Te digo solo una cosa que te hará recordar aquel día, fue cuando me dijiste que tenía una forma muy elegante de poner los cojines en el sofá-

-Ahora lo recuerdo, si, ese día nos sentamos entre esos cojines y te leí mi parte preferida de “La vuelta al mundo en 80 días”-.

-Espero que te guste el postre, es un tiramisú de frutos rojos-, me dijo mientras se levantaba recogiendo los platos y haciéndome un gesto de quedarme sentada.

Le sonreí mientras iba, incluso al darse la vuelta, -es elegante hasta llevando los platos sucios-, pensé.

Diario no diario. “Entre la espada y la pared y la teoría de los trenes”

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Me he dado cuenta de que, cuando escribo, uso con frecuencia la expresión “a veces” o “hay momentos”. Quizás porque dos de mis pasiones sean la jardinería y la cocina. En estos terrenos, parece que se deban componer las medidas exactas para obtener, en la receta o planta, el resultado deseado. Pero hay muchas variables, dicen que también depende del estado de ánimo y por supuesto, de la calidad de la materia prima. A veces pasa, si, que sale diferente a como pretendías. En la jardinería más aún, pues no puedes controlar el tiempo, las plagas de la flora del lugar, de lo sana que estuviera la planta de dónde salió la semilla o el esqueje y la conjugación de otros elementos, como la tierra o el agua con la que riegas y demás.

-¡Todo tiene vida, independencia, libre albedrío!-, digo con entusiasmo.

-¿Hasta una tarta?-, mofándose.

-¡Incluso una tarta o unas lentejas! Eso creo. Tú pones los ingredientes, tu trabajo, amor, ilusión o cuidado, y elijes los elementos. Lo pones a cocinar al fuego y, a partir de ese momento, toma vida propia. Tú solo esperas el resultado, puedes estar atento al horno y al “chup chup”, solo eso-.

No sé si podemos hacernos una idea de cómo se aplican estas variables en la vida de una persona, donde existen tantos elementos, materia prima, momentos, circunstancias, estados de ánimo, edad, sociedades, culturas, vivencias, recuerdos, encuentros, información, medios… Quizás sea por esto, mis tantos “a veces”.

-Puede ser porque no estés segura-.

-Precisamente, pues es tanta la incertidumbre, sobretodo cuando eliges, o mejor dicho, debes elegir-.

-También depende mucho del momento de la vida, las circunstancias. Una relación entre dos personas, en otro momento, lugar o tomando otras decisiones, pueden tener resultados totalmente diferentes-.

-Si, a veces es así-.

-”¡A veces!”-, se sonríe.

Estar entre la espada y la pared”

A veces pasa que nos encontramos entre la espada y la pared. Debemos decidir. En ese preciso momento no tienes más que una opción. Decidir. No, y te vas. Si, y te quedas.

-Entre la espada y la pared no existen muchas opciones, estás algo limitado a “decide o muere”-.

-Cierto, hay momentos en los que es así, no te puedes quedar a mitad de camino, vivir en los medios, o vives o mueres-.

-O siempre, o jamás, como si no existiera una forma de vida “a medias”-.

-¿Por qué?, no creo que deba ser así. O en algunos casos, ¿puedes ser madre a medias?, ¿pintor a medias?, ¿jugar al tenis a medias?-.

Creo que, a veces, no podemos ser o hacer algo “a medias”, hay que tomar una seria actitud, un bando, postura, decisión. Después habrá oportunidad de cambiar, pero será momento de elegir otra vez.

-Puedo jugar al tenis pero no ser tenista profesional, es una opción, pero no soy tenista a medias-.

-Cierto, pero para ti, jugar al tenis no es algo profesional, forma parte de ti, sigues las normas, le dedicas un tiempo, y no implica o condiciona a otros seres. Por ejemplo, imagina que estás trabajando y tiendes a dirigir la labor de tus compañeros, cuando no es ese tu cometido, pero los dueños de la empresa, viendo que puedes tener cualidades para ello y buscan a alguien como tú, te ofrecen dirigir tu sección. Pues vas tú y dices que no, que prefieres seguir así. Cosa que a ellos no les viene bien, ya que otra persona dirigirá al personal y tú tendrías que seguir sus directrices. Peor aún, te plantean que si sigues con esa actitud, tendrán que despedirte-.

-Me pones entre la espada y la pared-.

-Podría ser otra situación. Imagina que una mujer te ofreciera ser padre y te dice que puedes tomar parte en su crianza y educación, o que por lo contrario, puedes colaborar en la inseminación, desentendiéndote después. No podrías jugar a ser “papá” tres veces por semana, durante dos horas, como si sudaras la camiseta con un colega en la cancha, ¿comprendes?-.

-¿Y si decido ser director o padre, y después no valgo para dirigir o como padre soy un desastre?-.

-Eso ya es otro tema. Es parte de la vida, ir gestionando y solucionando lo que nos venga. Lo crucial es la decisión, no quedarte en esas mitades que no implican ningún compromiso-.

-¿Se trata de compromiso?-.

-Eso es, decidir conlleva un compromiso, además no implica que no vayas a fallar o a equivocarte, simplemente que darás de ti lo mejor para con la elección tomada-.

-Me encanta jugar al tenis-, cierra los ojos como recordando la última partida.

-No lo haces mal del todo, si hubieras practicado desde pequeño y entrenado cada día, ¿quién sabe?, ahora serías un tenista profesional-.

-¡Ese tren se me pasó!-, riéndose y tocándose el pelo desde las entradas que comienzan ya a aclarar.

La teoría de los trenes”

-Últimamente ya no la escucho tanto, pero si la he oído mil y una veces. “este tren solo pasa una vez”. (Ahora me dicen eso de “se ta pasao el arroz”)-.

-¡Vaya!, como si viviéramos en una estación esperando a que pase aquel que nos lleva al destino deseado, o como si fuéramos a hacer una paella con nuestra vida, ¿qué le importa a la gente?-.

-Nunca me gustó. Te hace sentir que has desaprovechado la vida. Como si los demás fueran mucho más inteligentes y clarividentes para ver lo que podrías haber hecho-.

Si hubiera, o si pudiera, no me gustan tampoco estas expresiones, aunque a veces son inevitables, y las piensas, no siempre que van mal las cosas, son simples juegos de la mente, pensando por ti o por otros, cuando divagas en los recuerdos.

Es un dicho bastante desagradable, pero es cierto que da rabia cuando pierdes un tren, has de hacer cambios, improvisar otras alternativas, pensar qué hacer con el tiempo hasta que llegue otro… ¿y si no llega?… Por supuesto es una metáfora de los momentos cruciales, los que son o fueron más idóneos para hacer algo o elegir un camino. Pero al fin y al cabo somos nosotros a decidir cuándo, con quién, cómo, el qué y el dónde o el porqué.

-No olvides las variables-, me recuerda.

-Cierto, el libre albedrío de todo y la nueva forma de !vida independiente!-, me río.

Lo más complicado de la vida es mirar solo al frente, darte cuenta de que el hoy y el presente es lo que existe, pues más allá de tus mil y una posibles opciones o trenes que pasaran por tu vida, tú cogiste uno u otro, y es el que te llevó a ser cómo y quién eres. Si no te gusta, ¡cambia ahora mismo!, no te pierdas este tren, que solo tú decides vivir,… o morir entre la espada y la pared, cuando ya no quede otra opción, pues se te acabó el tiempo, agotadas las ilusiones, las fuerzas, la paciencia, las personas que te apoyen y te quieran.

-¿Dónde queda ahora este tuyo “a veces”?-.

-¡Vaya!, pues debe ser que a veces ocurre… si, eso debe ser, que hay momentos en los que nada de estas teorías ni dichos funcionan, pero eso si, no te puedes quedar a medias, o te comprometes o…-.

-¿…o qué?-, me interrumpe y amenaza con cosquillas.

-¡Pues que pierdes el tren!-, salgo corriendo y gritando socorro, porque no puedo soportar las cosquillas.

A veces pasa, y no es un tren, ni una espada amenazando, estás solo tú y la actitud con la que vives las consecuencias de tus decisiones.

Diario no diario. “El espejo”

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Mi padre siempre decía: “Los hijos son como de barro y se pueden modelar”. (Algo así).

No es que sea algo que se destaque de una manera particular en estos momentos de mi vida, es evidente que desde que nacemos somos susceptibles en carácter y personalidad, al entorno. Pero, en los últimos tiempos, en los que ya soy bastante más que adulta y vivo esa edad en la que comienzo a plantearme qué, quién, cómo soy y a dónde me lleva esto que hago, (-Perdón, quiero cambiar de profesión, ¿se puede?-), he llegado a un punto en el que es inevitable observar a los demás con más atención y analizar el porqué soy más feliz o infeliz, más o menos adulta o madura que otras personas. También observo cómo gestionamos, las parejas, familias o conocidos, las relaciones, cómo se sienten y qué nivel de satisfacción personal tienen, tenemos, en referencia al entorno laboral, amistoso y familiar.

-No conozco muchas personas felices, casi todos se sienten solos, aún cuando no lo están, porque no quieren estar ahí-.

-¿Yo?-.

-No, tú me tienes a mí, y sé que te gusta estar aquí-.

-A veces si y otras no tanto, pero hay tiempo en el día para todo-.

Relacionándome con las mismas personas y conociendo nuevas, cambiando de residencia, países y ciudades, observo que, lo realmente importante, es el entorno, a lo que defino como “el espejo”.

Aquello de lo que nos rodeamos y llena nuestros días, tanto las cosas en casa, las personas que elegimos para convivir, los amigos con los que compartimos penas o alegrías, los lugares a donde vamos a comprar o comer, el paisaje tanto urbano como natural al que nos acercamos o visitamos y hasta el clima o lo que nos alimenta diariamente.

-Si la persona que me vende los tomates me cae bien, yo seguiré comprando allí-.

-Pues el otro día entramos en otra frutería-.

-Es que también me gusta esa otra-.

Lo que vemos y a quien miramos, es un reflejo de nuestra existencia. La imagen que nos devuelve este espejo es la referencia de nuestro aspecto físico, es la que ven los otros. (Me horroriza saber o pensar esto).
Somos muy críticos con los demás, es fácil, y es más, podemos ver con claridad soluciones desde fuera, cuando después sea muy difícil aplicarnos el cuento. Si de algo nos sirve, lo que vemos y cómo lo hacen otros, es para poder cambiar la propia actitud y darnos cuenta de lo que no nos gusta de lo que hacemos y pensamos, sean valores, comportamientos o incluso, el aspecto y el lenguaje que empleamos.

Si me encuentro delante de ti, inmediatamente aceptaré que tus gestos u opiniones son un reflejo de mí. Por esto, intentamos por todos los medios debatir y discutir hasta confirmar las diferencias entre ambos, a las malas, hasta buscaremos documentos que lo verifiquen. Otras veces ocurre esa simpatía que reafirma el qué y el cómo pensamos, que somos parecidos, ahí, nos sentimos cómodos y provocamos nuevos momentos de estar con esta persona, en ese lugar. Otras veces, nos atrae lo desconocido, aquello que nada tiene que ver, pero que en realidad si, pues es tu curiosa esencia de probar y ser un yo diferente.

-No sé-.

-Deja que siga pensando-.

Buscamos lo que hable de nosotros, símbolos que se acerquen al bestiario mental, del concepto que más se acerca a definirnos, o al menos, a lo que pretendemos llegar a ser.
Es muy importante el hogar, trabajo, amistades y gente que conforme nuestra vida, tanto emocional como activa.
Como semillas en un terreno apropiado, con los elementos y nutrientes que colaborarán, en su justa medida, a hacernos crecer en condiciones favorables. Sacando lo mejor de nosotros. Pues ese es el fin, ser mejores seres humanos.

En ocasiones la lucha por ser y hacer, se convierte en una guerra que puede llegar a los limites de las fuerzas, de lo impensable o sobrehumano, ese nomadismo que nos impulsa a ir allá donde podemos ser, estar y vivir, pudiendo experimentar, en su plenitud, lo que creemos tener escrito en nuestro destino que debemos hacer… ser.

En un documental que vi hace unos años, sobre cómo se desarrolla el cerebro de un niño, “The baby human”, decía algo así: “…los niños se comportan como científicos en un laboratorio, experimentan, prueban…”

Creo que somos siempre así, no solo en la infancia, seguimos siendo científicos, probando, mezclando, creando complejas fórmulas y alquimias en las relaciones, poniéndonos al límite.

Si, soy adulta y lo que más deseo es ser madura, un adulto que cada día sea más sabio, más compenetrado con la naturaleza y mi propia existencia. Sigo sintiéndome lejos de ser una mujer al uso, me refiero a los estereotipos, no a lo más intrínseco, tengo fisionomía y sexo femenino, (aún mis ciclos me lo recuerdan), pero con respecto a mi comportamiento sexual ante un varón nunca ha sido muy normal. No me he matado por buscar una pareja, ni un novio, (éste no lo he tenido jamás tal y como se entiende). No he sido madre, aunque lo intenté con un par de compañeros más o menos estables, pero el sentido de la paternidad no estaba muy desarrollado en ellos, por lo que, aunque estuviera entre mis prioridades, el hecho es, que si hoy en día no soy madre, es porque no era tan primordial. En fin, ya no lo seré nunca (aunque el “siempre” se enamore del “nunca”, en la teoría circular).

Hay muchas cosas que ya no seré y puedo apostar por muchos lugares a los que no iré, así como personas a las que no volveré a encontrar jamás.

Soy una persona y es suficiente, y me la pela que nadie quiera (o haya querido) procrear conmigo, esto solo me hace sentir algo de soledad (superado el tema de mi instinto más animal), sobretodo mirando hacia el futuro (que ya es presente, es curioso cómo se acercan estos presente-futuro, a cierta edad). Es como si a pesar de la cantidad de seres humanos que coexistimos, me fuera a quedar más sola que la una, por no tener descendencia o compañero vital.

¿Cómo es posible (pienso mucho en ello), que de tantos cientos de millones de personas que hay en el mundo, una persona deba estar sola y sentir soledad?

…espejos…

-¿Sabes?, me compré un espejo, alto como yo, lo he colocado frente a la entrada, para ver mi reflejo, para saberme acompañada. Puedo tener una mascota, aunque esquejar y hacer mini jardines es muy buena compañía también-.

-¿No te da miedo ver tu reflejo completo al entrar en la casa?-.

-Es al fin y al cabo el reflejo de un ser humano. ¿Sabes?, otra de las certezas que tengo es que no podré ser nunca feliz-.

-Todos tienen derecho a ser felices-.

-Si, lo sé, hasta el ser más cabrón de los cabrones-.

Y es a causa de este “espejo” exterior, el de la realidad del presente, lo que ocurre, hacen otros, lo que veo y oigo cada día. Estas personas con las que interactúo directa o indirectamente, son el referente de mi, como la imagen que refleja el espejo. Eso me horroriza.

-Por esto me he comprado uno, para poder seguir identificando esa cierta esencia que es solo “de mi a mi”, lo que hago, digo, hice y pienso, es lo que hay, busco comprenderlo en mi propia existencia-.

-¿No puedes ser feliz?-.

-¿A caso tú si?-.

-A veces, a ratos-.

– Lo mismo yo-.

-No puedo desvincularme de lo que soy ante el reflejo del mundo, tan difícil, tan doloroso, cruel, iracundo, envidioso, deshonesto, torturador,… pero después me presento ante el espejo, me miro y solo estoy yo, depende solo de mí, mi ser, pero el mundo no depende de mí. Pasa lo mismo cuando miro las nubes pasar o me ensimismo en el vaivén de las olas del mar, esto no depende de mí, está y es, a pesar se mi existencia-.

– Resta hacer lo mejor que se pueda con lo que tenemos al alcance-.

-El cincuenta por ciento de cómo vivimos, padecemos o disfrutamos la vida depende de cómo nos tomamos las cosas que nos ocurren (lo leí una vez por ahí). Aquí el carácter, juega un papel crucial, y depende de muchos factores durante el desarrollo, pero la columna vertebral de muestra personalidad se puede cambiar, la actitud será el motor-.

-Si, estoy de acuerdo-.

-Sonrío a pesar del sufrimiento del mundo, también lo lloro, pero no puedo hacerlo eternamente, ya que ante mi espejo, solo estoy yo-.

-Te refieres a que estamos hechos todos de lo mismo y que estamos vinculados de alguna manera, que por esto lloras o ríes a veces sin saber por qué, como si una parte del mundo existiera a la vez en ti-.

-No sé, puede que no todos tengamos los mismos ingredientes, unas lentejas no se hacen con lo mismo que una paella-.

-¿Me comparas con una legumbre?-.

-Bueno, a veces se me hace difícil pensar que estoy ante una persona hecha de lo mismo que yo y sea tan diferente a la vez… A la lenteja creo que le da un poco igual lo que le ocurra a un tomate.  Solo que para comprender mejor el porqué hacemos lo que hacemos, me pongo en situaciones diversas, ¿comprendes?-.

-Más o menos,. Puede que no te comprenda del todo. ¿Sabes?, tú no estás sola, estoy yo-.

-Si, lo sé-.

(Apago la luz, ya no hay reflejo ninguno en el espejo.
Silencio. Ya callas.
Me guío con las manos hasta tocar el pomo del dormitorio, me desnudo a oscuras y me meto en la cama. Ahí también estoy solo yo. Me quedan los sueños. No siento soledad, ¿cómo podría?, todo está en mi esencia, yo soy y contengo, lo mismo que tú, lo único que nos diferencia es el qué y como hacemos, más aún cuando estoy frente a ti).

-A veces me asusto de mi propio reflejo, sobretodo cuando pienso que, éste, depende de mí-.

Diario no diario. “Amor y odio entre libertad y confianza”

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¿Confías en quien te quita o da libertad?

¿Confías en quien se siente libre?

¿Da libertad tener confianza?

¿Da confianza sentir libertad?

¿Se puede ser libre sin confianza?

La libertad es un estado expresado en acción. Otorgarse y dar a otros el derecho a hacer y ejercer según su pensamiento y voluntad, sin ser coaccionados.

La confianza es un estado de fe, que da energía motora a lo que se hace. Es un sentimiento de seguridad y propósito firme sobre lo que somos, pensamos, nuestras creencias y deseos.

¿Podemos hacer libremente algo pero no tener confianza en que el resultado sea el deseado?

¿Podemos tener una confianza absoluta en algo que sabemos no poder llevar a cabo por ser o estar coaccionados?

Existe una relación de amor y odio entre estos dos estados, pues a veces la confianza plena en nuestras capacidades nos aporta la libertad de ejecución y poder realizar lo deseado, sea cual sea el resultado. Pero sin confianza en lo que hacemos, ni en nosotros o en los demás, estamos provocando una oposición a la libertad de acción.

Como casi todo, la perfecta conjugación de ambas es la clave para que surja la mejor comunicación en las relaciones con los demás y el entorno, ya que tanto una como otra, están rozando el mutuo respeto, dependen de ingredientes adicionales y trabajar la conciencia de uno mismo, la comprensión, humildad, generosidad, compasión, tolerancia, amor propio, … Y caminando en sutiles diferencias, llevan al mismo lugar: ser tú y ser consciente de la existencia de todo lo demás.

La libertad no otorga poder de invadir la de otros, sino tener conciencia de ti mismo, como la confianza no da el poder de abuso, sino fe en ti y en los demás.

La libertad necesita de la confianza en nosotros y en el entorno. No se puede tener libertad sin confianza y no se puede confiar sin sentir libertad.

Diario no diario. “Sin padres”

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En mi familia todos hemos quedado sin padres,
quedan ellas, las esposas, nuestras madres.
Aliadas de corazones que expiraron,
de tanto que vivieron, de tanto que dejaron.
Hijos fueron de la hambruna,
trabajando premio sin fortuna,
hijos alimentaron con sudor
por encima de orgullo y honor
así el padre, en paz descanse,
a su nombre el hermano se une.

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Diario no diario. “Dibujo de puntos numerados”

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-Dejo a la niña uniendo puntos del dibujo a descubrir. Después lo coloreará-.

Mientras, camino por calles asfaltadas, un pié detrás del otro, al compás de la música del auricular, escribo con tinta virtual, pinto con los ojos del pensamiento, doy la mano a mi otra mano, entrecruzan los dedos al calor, arrimo el hombro izquierdo al derecho, plegándome en el tiempo y el espacio, hacia el agujero de gusano que ya no existe, porque es supuesto. Pues ahí estoy, en la hipótesis de mí. Resuenan los ecos de ego en la cueva del tórax, latiendo al mínimo sustancial. Espirando el aire viciado del dolor y perdones concedidos, inspirando nuevos amores que abrillantan la oxidada piel.

-Añado más puntos numerados al dibujo por completar, así la niña se mantendrá ocupada. Después lo coloreará-.

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