Diario no diario. “Sobre la elegancia”

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A veces imagino que una persona es como una casa, con sus diferentes estancias y con su propia funcionalidad. A cada parte de nuestro cuerpo le corresponde un lugar, un cuarto donde habitar, tanto lo que contiene, las herramientas de las que disponemos y el cómo hacemos. A su vez, todas están dirigidas por el cerebro, que sería la zona más importante de esta casa. Prestamos cuidado a unas más que a otras. Organizamos y procuramos que todo esté en su lugar para que sirva en el momento preciso.

Si, imagino que, tanto cuerpo y mente, son como nuestro hogar, donde vivir, descansar, sentirnos seguros, proteger, gozar, hacerla confortable, decorándola a nuestro gusto, guardando los objetos más preciados, amueblando las habitaciones de la manera, útil o no, que nos hace sentir en armonía con nosotros, cuidando de ella como una propiedad que nos ha tocado en hipoteca vitalicia.

Me viene la imagen del trastero, ese cuarto donde metemos lo que vamos usando menos, que no nos gusta ya, aquello que conservamos para otra estación, lo viejo, lo que queda para el recuerdo o por olvidar. Donde se acumula el polvo y anidan arañas, se corrompe el metal y se apolillan las agendas y dietarios. Zapatos que ya no nos van, ropa pasada de moda y talla esperando a adelgazar, pelucas que sirvieron para disfrazar y guirnaldas de Navidad. Juegos de infancia que son reliquias, álbumes amarilleando, que sacas al nuevo conocido y para hacerte recordar ese cómo éramos, de novias y novios que, llenos de ilusión, nos completaron con recortes y fotos ajenas en collage de un futuro idealizado,… soñado. Un cuadro a medio pintar, colonias de aromas que ya huelen rancio, aquel tiesto de la planta que murió, rollos de calendarios benéficos que no llegamos a colgar, o la caja de herramientas con los alicates y tenazas, que no llegas nunca a diferenciar.

Siempre me gustaron las casas con desván, un sótano o con un cuartillo en la azotea. Con escaleras que crujan, un ventanuco por donde entre la tenue y lúgubre luz, creando un ambiente misterioso y no dejando entrar mucho aire limpio,… ese olor a guardado, a polvo y cartón. Pero es solo una idealización, pues en lo práctico, no podría soportar que estuvieran esas cosas tan poco a mano, sin poderlas ver y usar en cualquier momento. No soporto el polvo y tampoco saber que hay libros que quisiera leer pero están mohosos y con bichos.

-Revolver entre los viejos cacharros y ropa de hace años es divertido-, me dijo él mientras preparaba los espaguetis. Habíamos quedado el sábado en su casa, me dijo que me prepararía su mejor receta de pasta, y la verdad es que la prepara con un punto exquisito. El único problema es que me sirve demasiado, así que la comida se alarga unas dos horas, charlando y tomando vino, hasta que me lo acabo todo, pues yo soy así, no me gusta dejar nada en el plato.

-Si, es verdad, me gusta mucho curiosear e investigar en estos lugares, solo que, de no usarlos, te dejan bolas de polvo por todas partes y sensación de tenerte que duchar después-, le dije rascándome la nariz y sacudiéndome las manos.

Al cabo de los años comprendí que no podía acarrear con la caja de tesoros y recuerdos, así que cada vez se fue haciendo más pequeña. Pero lo que más me gusta es poder usarlo todo. Los libros a mano, la ropa de invierno y verano en el mismo armario y no acumular zapatos o complementos que no vaya a ponerme. Lo que tengo, lo uso o lo tengo a la vista para saber que está ahí. Si no me gusta o no lo voy a usar, lo doy a quien le pueda servir más. No esperando que lleguen mejores tiempos, tener una casa más grande o compartirlo con quien no conozco aún.

Es el hoy y el ahora, la conciencia de saberte vivo en este preciso momento, en el que, el pasado, es columna vertebral y sobre ella seguimos construyendo. Mantener vivos los espacios, estancias y cuartos del hogar, esto es, cultivar lo vivo que hay en nosotros cada día. Alimentar los sentidos con el placer de las artes, la contemplación de la belleza de la naturaleza, saborear los alimentos, cuidar la piel y la estructura del templo de tu alma. Dar la salud de la alegría y el llanto al corazón; oportunidad de movimiento a los pies, cosas que construir, dar y coger a las manos. Reparar y reconstruir lo caído o arruinado, renovar lo antiguo dándole sentido a su existir.

-Me parece muy bien, pero, ¿qué tiene que ver todo esto con “la elegancia”?-, me pregunta con curiosidad y una sonrisa ladeada. Mi amigo es muy correcto, atiende siempre que le cuento cosas, aunque me repita contándole anécdotas, recuerdos y dando ejemplos. Me gusta mucho, además es curioso lo riquísimo que ha cocinado los espaguetis, voy por la mitad y, aunque ya reviento, no puedo dejar de comer.

-Creo que, cada uno tiene un sistema de gestionar su cuerpo, su casa o sus herramientas, y a esa “forma” la llamo elegancia-, le respondí.

-¿Más vino?-, me ofreció, cogiendo la botella con la servilleta al mejor estilo de un buen restaurante y con los ojos sonrientes y serviciales.

-Si, lleno por favor-.

Será la forma en que te mueves la gracia heredada, don que desarrollar, el cómo caminas y te acerques a mí y al mundo, la manera en la que dices lo que piensas, y hasta en qué piensas.

Hay días que, mientras limpio, quito el polvo o aireo los cajones, descartando bocetos que ya no me servirán, en los que imagino mi mente en ese estado, el de haber dejado partes polvorientas, cosas que dejé arrinconadas, lugares que no cuido o no recuerdo tener; aspectos de mi carácter o todo aquello que postergué para otro momento.

Somos como somos y podemos gestionarlo como mejor nos funcione. Para mí, “la elegancia” es lograr tener una armonía entre todos nuestros rincones, no haciendo cargar una parte de nosotros, o ese desván, más que otros lugares, reconciliar la ira, celos, envidia, dolor o alegrías, en un ambiente que lo englobe todo. La personalidad y el carácter da vida y forma al qué y al cómo vivimos. La consciencia de ser y estar en el preciso instante en el que habitas y vives, acorde y en armonía con quién y como eres.

-Y esto es la elegancia-, después de decir esto me llevé la copa de vino a la boca con estilo exagerado, tragando ese buche que ponía fin a mi discurso sobre “la elegancia”.

-¡Vaya!, no lo habría imaginado, pero el caso es que no te he invitado solo para comer este sábado, tenía la intención de pedirte, después del postre super casero y hecho con muchísimo amor, por supuesto, pedirte que me ayudaras a reorganizar el trastero, además tengo una colección de libros de Julio Verne, que heredé de mi tío, que me gustaría regalarte, ya que yo no los voy a leer y sé que tú lo adoras-.

-¡Pues eso si que es un regalo magnífico!, y yo que pensé que era un sábado de espaguetis y postre super casero y hecho con amor de lo más normal y extraordinario a la vez, pero vas y me pones un delantal para ¡quitar el polvo!, jajaja, claro que te ayudo a limpiar y reorganizar, que ya sabes que se me da bien, pero que sepas que voy a abrir todas las cajas y rebuscar en cada rincón, ¡que soy de lo más curiosa!-.

-¡Después te duchas!, pero tranquila, no hay mucho, ¿ya no recuerdas que hace un año hicimos lo mismo?-

-¿Si?, pues no, pero me alegro por hoy, y me llevo de regalo a mi Verne querido, ¡ole!-, aplaudiendo.

-Te digo solo una cosa que te hará recordar aquel día, fue cuando me dijiste que tenía una forma muy elegante de poner los cojines en el sofá-

-Ahora lo recuerdo, si, ese día nos sentamos entre esos cojines y te leí mi parte preferida de “La vuelta al mundo en 80 días”-.

-Espero que te guste el postre, es un tiramisú de frutos rojos-, me dijo mientras se levantaba recogiendo los platos y haciéndome un gesto de quedarme sentada.

Le sonreí mientras iba, incluso al darse la vuelta, -es elegante hasta llevando los platos sucios-, pensé.

Inventando. “Lugares donde ir y no quedarme”

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~

Hoy el cielo surgió despejado
y no tiene que ver conmigo
sin la visión antropocéntrica
de camino arado o asfaltado,
y no tiene que ver contigo
sin la percepción egocéntrica.

Hoy el mundo amaneció claro
y no parece que vaya a durar
si no hay motivos para verte
un hogar para habitar sale caro,
y no parece que haya que curar
si no hay retos para vencerte.

Hoy el sol puede deslumbrarme
y no deseo lo que pueda ver
si no hay planos o mapa clave
lugares donde ir y no quedarme,
y no anhelo lo que dejé de ser
si no hay puerta para esta llave.

~

Diario no diario. “Amantes”

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El abrazo de los amantes crea un lugar.
Está lleno de posibilidades,
éstas, dependen del entre dos.

Por vivir esta sensación vendería mi hogar,
renunciaría a cualquier otra posibilidad.
Pues, ser amante, ser amado, crear esta forma
o este lugar, es de lo que depende vivir con
la sensación de poder perderlo todo,
poder crearlo todo otra vez, entre dos.

Confianza, vínculo e intimidad.
Nos generan y dan fortaleza para creer más
en ti mismo, y hacer lo complicado, sencillo.
Ser más fuerte en el entre dos, reforzando
y enriqueciendo las vivencias.
Conformar un lugar donde descansar,
allí donde siempre volver, un campamento base,
un hogar.