Inventando. “¡Qué bonito es el amor! V”

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-Te quiero-.
-Y yo te quiero-.

-Yo más-.

-Nooo, yo más-.

-Yo… yo más-.

-Que te digo que yo más-.

-Yooo te quiero más-.

-Yo, más aún-.

-Pues yo, muchísimo más-.

-Que nooo, yo más-.

-Te quiero infinitamente más-.

-Más aún que eso, te quiero-.

-Yo, más-.

-Y yo te quiero más-.

-¿Sabes?-.

-Dime-.

-Echo de menos cuando nos queríamos sin más-.

Inventando. “¡Qué bonito es el amor! IV”

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-Recuerdo todo lo que te dije entonces-.

-…Yo, el olor de tu piel-.

-¿A qué olía?-.

-A piel, saliva, sudor, sexo… Y tú, ¿recuerdas qué me dijiste?-.

-“Te quiero… te quiero querer siempre”-.

-Han pasado ya quince años-.

-¿Te parecen muchos?-.

-¿Muchos?, ¿para olerte y quererte siempre?-.

-Quizás ahora sea ya ese siempre-.

-Y, ¿a qué huele?-.

-Diferente-.

Inventando. “Cosas de la vida”

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-¿Qué es lo que más te gusta de la vida?-

-El placer-

-¿Qué placer?-

-El placer de amar sin esperar a que me correspondan, el de ser amada sin necesidad de corresponder, el de dejarte llevar por el sueño al acostar, el de leer y no terminar si no me gusta el libro, leer durante todo el día sin nada más que hacer hasta acabarlo, de pintar o no, de escribir o no, de dormir o no, de correr sin prisas, de salir, entrar, ir, venir o no, el placer de comer lo cocinado a fuego lento o combinar sabores como un alquimista, el de ir a sesión continua de una película preferida, el placer de estar tan cómoda que ya se acabara el mundo que no me iba a mover, el placer de estar flotando a la deriva en el agua del mar, el de la ducha caliente en invierno y de la fría en verano, el de hacer surcos y montañas en la arena para nada, el de quedarme en la inopia entre la multitud y el bullicio, el de rellenar un formulario de la administración tomando un café y dedicarle toda la mañana, con buena letra, para que se marque bien en cada copia, el de sentarme a la mesa al desayuno con toda mi familia y no levantarnos hasta después de cenar, el de mirar un horizonte y caminar hacia él sin pensar en después, el de decir todo lo que pienso o callarlo, el del estar en una fiesta y no bailar o no parar o no ir y quedarme a solas bebiendo un vino y viendo una vieja película, el placer de despertarme antes de que salga el sol y esperarlo mirando por la ventana, con un té entre las manos, el placer de dormir en el tren y que te avisen de que ya has llegado, el de dormir en el bosque, en la playa, en el suelo o incómoda en la sala de un aeropuerto, esperando un avión a saber dónde, el placer de jugar una eterna partida de ajedrez, el de hablar en otro idioma y que alguien te entienda, el de cantar ópera desafinando, el de escuchar música todo el día menos cuando canto o duermo o leo o quiero sentir el placer del silencio absoluto, el de oír lo que nunca oyes porque hay demasiado ruido, el de una amistad inesperada, el placer de sentirte querida y que sea mutuo-.

-Lo que a ti te gusta es la libertad y hacer lo que te da la gana-.

-Si, ¡qué placer!-.

Inventando. “Sobre la montaña de Mahoma”

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Pertenecer a la montaña

”Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña”-.

Así abrió la noche mi amigo, cuando nos disponíamos a tomar unos vinos y a jugar una partida de ajedrez. Paolo es un fanático de los cómics en versión original, encontró en foros de internet una tienda donde posiblemente tendrían los números que él quería, (de no sé qué autor e ilustrador, nunca puedo quedarme con sus nombres, eso si, él suele contármelos a veces, como si esas historias le hubieran ocurrido a él, y a mí me encanta, supongo que las adapta según el momento, además gesticula y pone voces de personajes), no pudiendo localizar el contacto, decidió escribirles una carta a la vieja usanza, pero después de dos meses no había obtenido respuesta alguna. Así que estaba decidido a ir en persona, el detalle de que estuviera en Londres no era un impedimento en su afán para conseguirlo.

-¿Me acompañarás?-, me preguntó.

-¡Mira que eres “friki”!-, le dije riéndome, -¡claro que iré, a ver si después no los encuentras y caes en una depresión!, alguien debe estar contigo para consolarte, además no conozco Londres, es una buena oportunidad-.

-Vale. ¿Blanco o tinto?-.

-Blanco, gracias-.

No voy a ir a la montaña, así que la montaña tendrá que venir a mí”

Lo primero en lo que debo pensar es en cómo provocar un interés excepcional en la montaña para que venga a mí, ya que es algo muy arraigado, pesado, inamovible y tozudo.

-…porque las montañas son tozudas, ¡no me lo irás a discutir!-.

-Sigue, sigue, esperaré a ver de qué va, pero creo que no tienes muchos argumentos…-, me dijo mientras comenzaba la partida con caballo de rey a F3.

-(Yo juego siempre con negras)-.

Creo que cuando algo te pertenece o ha de estar en tu vida, tarde o temprano este algo, vendrá a ti. No puede quedarse por ahí perdido. Se trata de “paciencia”. Perseverancia.

-Con que…”paciencia”, ¿eh?-, me dijo al posicionar su alfil preparando un fianchetto, yo mientras movía mis peones tranquila y estratégicamente.

-Si, efectivamente-. Respondí sin inmutarme, pues siempre me hace esos “fianchettos”.

A veces, cuando la situación es ardua o dificultosa, y tus movimientos no sirven más que para empeorarla, lo propicio es esperar. Claro está que hablo de una montaña, que no tiene voluntad propia de movimiento, asunto complicado pero no imposible. Comenzaré mi plan de “crear interés” enamorándola.

-¡Vaya plan romántico!, ¿no?-, se reía, pero con interés de saber por dónde saldría con esta teoría.

-No es cuestión de cantarle odas o recitarle poemas de amor, ¡es una montaña!-, dije convencida.

Estrategias para “enamorar a una montaña”

Comenzaría un día yendo a su valle a bañarme en el riachuelo, que no sería muy profundo, así que sus aguas son cristalinas y podré ser visible con facilidad. Iré todos los días sin falta durante un mes, después, dejaré de ir.

Cuando pase el verano, volveré y cruzaré el río a pié, en la otra orilla plantaré cada día una semilla, y así, durante un mes. Dejaré de ir hasta pasado el otoño.

Durante el primer mes de invierno, me acercaré, cruzando el helado río, hasta la otra orilla, recogeré algunos frutos de las plantas que dejé allí entonces. Me sentaré a comerlos, cada día, sin falta, durante un mes. A mi regreso, dejaré caer a la tierra las semillas de los frutos que coma, por el camino de vuelta. Después, dejaré de ir.

No volvería hasta primavera.

-¡Jaque!-, interrumpió con serenidad.

-¡Casi tiro el vino del susto que me has dado!, ja ja ja, ¡vale, vale!, ummm-, me quedé unos minutos en silencio pensando cómo salir de aquello, -fácil-, pensé, y moví mi alfil desafiando a su reina. Apenas habíamos comenzado a desarrollar el juego e inició a atacar.

-No estás muy atenta al juego, pensando en enamorar a tu montaña, te voy a ganar y no va a ser un justo jaque-.

-Verdad, disculpa-, así estuvimos unos veinte minutos casi en silencio, haciendo comentarios solo de nuestros movimientos y jaques a dama (con la reina somos muy corteses y avisamos), o rey. Se creó una pausa en mi historia-teoría-”plan de crear interés”. Mientras nos comimos unos tapitas que, previamente Paolo, preparó para acompañar el vinillo, (paté y mermelada de pétalos de rosa, un bocado riquísimo, la verdad), así, riéndonos de cómo retrocedo en movimientos “alocados”, terminó ganando esta partida, comenzamos otra y, así, pasó el invierno.

Se acerca la primavera, yo habría estado aislada por las tormentas, los caminos ya no serían fáciles de hacer, y no me habría acercado a la montaña. En realidad nunca estuve en ella, me mantuve a sus faldas. Desde la última vez, no la habría vuelto a ver, ni siquiera por la ventana ya que, la niebla y los días tan grises no dejarían verla. Los días comenzarían a ser más largos, soleados, de cielo azul, el deshielo, el despertar de las golondrinas, los brotes verdes asomarían brillantes, dando color al paisaje antes blanco. Hasta el correr de las aguas del deshielo del riachuelo se dejaría escuchar a kilómetros.

-No iría más, no me acercaría más a ella, esperaría a que viniera ella a mí-.

-¿Cómo podrías estar tan segura?-, preguntó Paolo sin dejar de mirar el tablero.

-Porque sabría que la montaña me pertenece y todo lo que es para uno, tarde o temprano le llega-.

-Si, ya me lo has dicho, pero aún no sé cómo conservarías tanta seguridad, sin perder la esperanza-.

-En realidad nunca habría pensado que la montaña viniera a mí, solo, que yo no querría ir a ella para pertenecer a esa montaña, pero en mi más profunda consciencia sabría que aquel era mi lugar y ambos nos perteneceríamos en cualquier momento-. -¡Jaque a dama!-.

-Entonces, en realidad el plan “crear interés”, era algo más inconsciente, no una estrategia para hacerla venir a ti, como decías-, me reclamó.

-Tienes razón, pero aunque lo que hiciera para “enamorarla” no fuera algo planeado, sería más bien algo intuitivo, inconsciente. No subiría a la montaña, pero esperaba pertenecer a ella en lo profundo de mi ser-.

Ya casi se me habría olvidado todo ese asunto del interesar a una montaña por mí. Durante el invierno habría estado demasiado preocupada por mis asuntos y quehaceres, viajando a la ciudad a por provisiones y algún que otro viaje a Londres.

El tiempo favorecería a volver a salir a pasear por el campo y disfrutar del calor del sol. Sería entonces cuando me di cuenta, sí, la montaña habría llegado a mí.

-¿Qué?, ¿la montaña fue a ti?, ¡no me lo puedo creer!, ¿qué me he perdido?, ¿cuándo?, ¿cómo?-, me interrumpió alzando la voz, contento y sorprendido.

-No te lo vas a creer, lo que ocurriría sería algo realmente extraordinario y jamás imaginado-, le dije con gran entusiasmo.

Y tú, Paolo, también estarías conmigo, porque llegada la primavera te gustaba quedar a jugar más en mi casa que en la tuya, además te habrías aficionado a bañarte en el riachuelo también. Pues ocurriría que, una de las tardes de partida, vinos y tapas, terminamos tarde y te quedarías a dormir en casa para ir temprano a bañarte al río, aunque yo no habría querido acercarme más a la montaña, prometería acompañarte, al menos, hasta la mitad del camino.

Por la mañana, prepararíamos un desayuno bien temprano y nos dispondríamos a salir a dar ese paseo. Cuando me iría dando cuenta de que el paisaje del camino había cambiado totalmente, a penas hubiéramos salido de casa, se habría extendido una vereda con árboles frutales a los lados y el riachuelo se habría hecho camino por él hasta crear un pequeño estanque donde finalmente, el reflejo de mi magnífica montaña se pintaría en la superficie del agua.

-Yo me quedaría pasmado, seguro-. Sonrió Paolo.

-Y yo, ¡vaya!, ¿quién lo habría imaginado?, la montaña vino a mí-. Sonreí súper orgullosa.

-Aunque haya sido en forma de reflejo, la montaña fue a ti, tenías razón. No sé si la enamoraste o que tu propio amor, el que hubiera ya en ti, fuera la que la llevó a ti, que sería más o menos lo mismo. Por querer disfrutar del agua fresca del río, por cuidar la tierra y las semillas en la otra orilla, a las faldas de tu montaña, o por también recoger su fruto, alimentarte y además, devolviendo a la tierra la semilla que después germinaría creando esta vereda… Si, la enamoraste, el plan de “crear interés”, es de lo más sencillo, la vida es amor y el amor procura y da vida-.

-Será-, sonreí ladeando la cabeza y subiendo el hombro, así como, moviendo mi última ficha, -¡jaque mate!-, afirmé con inocente frialdad.

-¡Ja ja ja!, enhorabuena señorita!-, dándome la mano como buen perdedor. -¡Revancha!-, me propuso colocando diligentemente las fichas a sus casillas.

-¡Estupendo!, y ya te quedas esta noche, que se ha hecho tarde… y ya sabes,… mañana temprano podríamos ir a bañarnos al riachuelo-.

-¿Al de tu montaña?-.

-¡Claro!, estoy convencida de que se enamoraría también de ti-.

-¡Pues como haga llegar el río para crear una charca en la ciudad, íbamos a poder visitarnos en barca!, ¡no estaría mal!-.

-Pues no, no estaría mal. ¿Más vino?, lo siento, solo queda blanco-.

-(Sonrió acercando su copa)-. Después me contó la historia de Mahoma y de la frase: “Si la montaña no viene a mí, yo iré a la montaña”. La última partida la ganó él, pero apostamos por quién se bebía más rápido la última copa de vino y gané yo. Y la revancha de después fue quién llegaría primero al río a bañarse.

Diario no diario. “Sobre la elegancia”

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LaBiblioteca

A veces imagino que una persona es como una casa, con sus diferentes estancias y con su propia funcionalidad. A cada parte de nuestro cuerpo le corresponde un lugar, un cuarto donde habitar, tanto lo que contiene, las herramientas de las que disponemos y el cómo hacemos. A su vez, todas están dirigidas por el cerebro, que sería la zona más importante de esta casa. Prestamos cuidado a unas más que a otras. Organizamos y procuramos que todo esté en su lugar para que sirva en el momento preciso.

Si, imagino que, tanto cuerpo y mente, son como nuestro hogar, donde vivir, descansar, sentirnos seguros, proteger, gozar, hacerla confortable, decorándola a nuestro gusto, guardando los objetos más preciados, amueblando las habitaciones de la manera, útil o no, que nos hace sentir en armonía con nosotros, cuidando de ella como una propiedad que nos ha tocado en hipoteca vitalicia.

Me viene la imagen del trastero, ese cuarto donde metemos lo que vamos usando menos, que no nos gusta ya, aquello que conservamos para otra estación, lo viejo, lo que queda para el recuerdo o por olvidar. Donde se acumula el polvo y anidan arañas, se corrompe el metal y se apolillan las agendas y dietarios. Zapatos que ya no nos van, ropa pasada de moda y talla esperando a adelgazar, pelucas que sirvieron para disfrazar y guirnaldas de Navidad. Juegos de infancia que son reliquias, álbumes amarilleando, que sacas al nuevo conocido y para hacerte recordar ese cómo éramos, de novias y novios que, llenos de ilusión, nos completaron con recortes y fotos ajenas en collage de un futuro idealizado,… soñado. Un cuadro a medio pintar, colonias de aromas que ya huelen rancio, aquel tiesto de la planta que murió, rollos de calendarios benéficos que no llegamos a colgar, o la caja de herramientas con los alicates y tenazas, que no llegas nunca a diferenciar.

Siempre me gustaron las casas con desván, un sótano o con un cuartillo en la azotea. Con escaleras que crujan, un ventanuco por donde entre la tenue y lúgubre luz, creando un ambiente misterioso y no dejando entrar mucho aire limpio,… ese olor a guardado, a polvo y cartón. Pero es solo una idealización, pues en lo práctico, no podría soportar que estuvieran esas cosas tan poco a mano, sin poderlas ver y usar en cualquier momento. No soporto el polvo y tampoco saber que hay libros que quisiera leer pero están mohosos y con bichos.

-Revolver entre los viejos cacharros y ropa de hace años es divertido-, me dijo él mientras preparaba los espaguetis. Habíamos quedado el sábado en su casa, me dijo que me prepararía su mejor receta de pasta, y la verdad es que la prepara con un punto exquisito. El único problema es que me sirve demasiado, así que la comida se alarga unas dos horas, charlando y tomando vino, hasta que me lo acabo todo, pues yo soy así, no me gusta dejar nada en el plato.

-Si, es verdad, me gusta mucho curiosear e investigar en estos lugares, solo que, de no usarlos, te dejan bolas de polvo por todas partes y sensación de tenerte que duchar después-, le dije rascándome la nariz y sacudiéndome las manos.

Al cabo de los años comprendí que no podía acarrear con la caja de tesoros y recuerdos, así que cada vez se fue haciendo más pequeña. Pero lo que más me gusta es poder usarlo todo. Los libros a mano, la ropa de invierno y verano en el mismo armario y no acumular zapatos o complementos que no vaya a ponerme. Lo que tengo, lo uso o lo tengo a la vista para saber que está ahí. Si no me gusta o no lo voy a usar, lo doy a quien le pueda servir más. No esperando que lleguen mejores tiempos, tener una casa más grande o compartirlo con quien no conozco aún.

Es el hoy y el ahora, la conciencia de saberte vivo en este preciso momento, en el que, el pasado, es columna vertebral y sobre ella seguimos construyendo. Mantener vivos los espacios, estancias y cuartos del hogar, esto es, cultivar lo vivo que hay en nosotros cada día. Alimentar los sentidos con el placer de las artes, la contemplación de la belleza de la naturaleza, saborear los alimentos, cuidar la piel y la estructura del templo de tu alma. Dar la salud de la alegría y el llanto al corazón; oportunidad de movimiento a los pies, cosas que construir, dar y coger a las manos. Reparar y reconstruir lo caído o arruinado, renovar lo antiguo dándole sentido a su existir.

-Me parece muy bien, pero, ¿qué tiene que ver todo esto con “la elegancia”?-, me pregunta con curiosidad y una sonrisa ladeada. Mi amigo es muy correcto, atiende siempre que le cuento cosas, aunque me repita contándole anécdotas, recuerdos y dando ejemplos. Me gusta mucho, además es curioso lo riquísimo que ha cocinado los espaguetis, voy por la mitad y, aunque ya reviento, no puedo dejar de comer.

-Creo que, cada uno tiene un sistema de gestionar su cuerpo, su casa o sus herramientas, y a esa “forma” la llamo elegancia-, le respondí.

-¿Más vino?-, me ofreció, cogiendo la botella con la servilleta al mejor estilo de un buen restaurante y con los ojos sonrientes y serviciales.

-Si, lleno por favor-.

Será la forma en que te mueves la gracia heredada, don que desarrollar, el cómo caminas y te acerques a mí y al mundo, la manera en la que dices lo que piensas, y hasta en qué piensas.

Hay días que, mientras limpio, quito el polvo o aireo los cajones, descartando bocetos que ya no me servirán, en los que imagino mi mente en ese estado, el de haber dejado partes polvorientas, cosas que dejé arrinconadas, lugares que no cuido o no recuerdo tener; aspectos de mi carácter o todo aquello que postergué para otro momento.

Somos como somos y podemos gestionarlo como mejor nos funcione. Para mí, “la elegancia” es lograr tener una armonía entre todos nuestros rincones, no haciendo cargar una parte de nosotros, o ese desván, más que otros lugares, reconciliar la ira, celos, envidia, dolor o alegrías, en un ambiente que lo englobe todo. La personalidad y el carácter da vida y forma al qué y al cómo vivimos. La consciencia de ser y estar en el preciso instante en el que habitas y vives, acorde y en armonía con quién y como eres.

-Y esto es la elegancia-, después de decir esto me llevé la copa de vino a la boca con estilo exagerado, tragando ese buche que ponía fin a mi discurso sobre “la elegancia”.

-¡Vaya!, no lo habría imaginado, pero el caso es que no te he invitado solo para comer este sábado, tenía la intención de pedirte, después del postre super casero y hecho con muchísimo amor, por supuesto, pedirte que me ayudaras a reorganizar el trastero, además tengo una colección de libros de Julio Verne, que heredé de mi tío, que me gustaría regalarte, ya que yo no los voy a leer y sé que tú lo adoras-.

-¡Pues eso si que es un regalo magnífico!, y yo que pensé que era un sábado de espaguetis y postre super casero y hecho con amor de lo más normal y extraordinario a la vez, pero vas y me pones un delantal para ¡quitar el polvo!, jajaja, claro que te ayudo a limpiar y reorganizar, que ya sabes que se me da bien, pero que sepas que voy a abrir todas las cajas y rebuscar en cada rincón, ¡que soy de lo más curiosa!-.

-¡Después te duchas!, pero tranquila, no hay mucho, ¿ya no recuerdas que hace un año hicimos lo mismo?-

-¿Si?, pues no, pero me alegro por hoy, y me llevo de regalo a mi Verne querido, ¡ole!-, aplaudiendo.

-Te digo solo una cosa que te hará recordar aquel día, fue cuando me dijiste que tenía una forma muy elegante de poner los cojines en el sofá-

-Ahora lo recuerdo, si, ese día nos sentamos entre esos cojines y te leí mi parte preferida de “La vuelta al mundo en 80 días”-.

-Espero que te guste el postre, es un tiramisú de frutos rojos-, me dijo mientras se levantaba recogiendo los platos y haciéndome un gesto de quedarme sentada.

Le sonreí mientras iba, incluso al darse la vuelta, -es elegante hasta llevando los platos sucios-, pensé.

Diario no diario. “Entre la espada y la pared y la teoría de los trenes”

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Me he dado cuenta de que, cuando escribo, uso con frecuencia la expresión “a veces” o “hay momentos”. Quizás porque dos de mis pasiones sean la jardinería y la cocina. En estos terrenos, parece que se deban componer las medidas exactas para obtener, en la receta o planta, el resultado deseado. Pero hay muchas variables, dicen que también depende del estado de ánimo y por supuesto, de la calidad de la materia prima. A veces pasa, si, que sale diferente a como pretendías. En la jardinería más aún, pues no puedes controlar el tiempo, las plagas de la flora del lugar, de lo sana que estuviera la planta de dónde salió la semilla o el esqueje y la conjugación de otros elementos, como la tierra o el agua con la que riegas y demás.

-¡Todo tiene vida, independencia, libre albedrío!-, digo con entusiasmo.

-¿Hasta una tarta?-, mofándose.

-¡Incluso una tarta o unas lentejas! Eso creo. Tú pones los ingredientes, tu trabajo, amor, ilusión o cuidado, y elijes los elementos. Lo pones a cocinar al fuego y, a partir de ese momento, toma vida propia. Tú solo esperas el resultado, puedes estar atento al horno y al “chup chup”, solo eso-.

No sé si podemos hacernos una idea de cómo se aplican estas variables en la vida de una persona, donde existen tantos elementos, materia prima, momentos, circunstancias, estados de ánimo, edad, sociedades, culturas, vivencias, recuerdos, encuentros, información, medios… Quizás sea por esto, mis tantos “a veces”.

-Puede ser porque no estés segura-.

-Precisamente, pues es tanta la incertidumbre, sobretodo cuando eliges, o mejor dicho, debes elegir-.

-También depende mucho del momento de la vida, las circunstancias. Una relación entre dos personas, en otro momento, lugar o tomando otras decisiones, pueden tener resultados totalmente diferentes-.

-Si, a veces es así-.

-”¡A veces!”-, se sonríe.

Estar entre la espada y la pared”

A veces pasa que nos encontramos entre la espada y la pared. Debemos decidir. En ese preciso momento no tienes más que una opción. Decidir. No, y te vas. Si, y te quedas.

-Entre la espada y la pared no existen muchas opciones, estás algo limitado a “decide o muere”-.

-Cierto, hay momentos en los que es así, no te puedes quedar a mitad de camino, vivir en los medios, o vives o mueres-.

-O siempre, o jamás, como si no existiera una forma de vida “a medias”-.

-¿Por qué?, no creo que deba ser así. O en algunos casos, ¿puedes ser madre a medias?, ¿pintor a medias?, ¿jugar al tenis a medias?-.

Creo que, a veces, no podemos ser o hacer algo “a medias”, hay que tomar una seria actitud, un bando, postura, decisión. Después habrá oportunidad de cambiar, pero será momento de elegir otra vez.

-Puedo jugar al tenis pero no ser tenista profesional, es una opción, pero no soy tenista a medias-.

-Cierto, pero para ti, jugar al tenis no es algo profesional, forma parte de ti, sigues las normas, le dedicas un tiempo, y no implica o condiciona a otros seres. Por ejemplo, imagina que estás trabajando y tiendes a dirigir la labor de tus compañeros, cuando no es ese tu cometido, pero los dueños de la empresa, viendo que puedes tener cualidades para ello y buscan a alguien como tú, te ofrecen dirigir tu sección. Pues vas tú y dices que no, que prefieres seguir así. Cosa que a ellos no les viene bien, ya que otra persona dirigirá al personal y tú tendrías que seguir sus directrices. Peor aún, te plantean que si sigues con esa actitud, tendrán que despedirte-.

-Me pones entre la espada y la pared-.

-Podría ser otra situación. Imagina que una mujer te ofreciera ser padre y te dice que puedes tomar parte en su crianza y educación, o que por lo contrario, puedes colaborar en la inseminación, desentendiéndote después. No podrías jugar a ser “papá” tres veces por semana, durante dos horas, como si sudaras la camiseta con un colega en la cancha, ¿comprendes?-.

-¿Y si decido ser director o padre, y después no valgo para dirigir o como padre soy un desastre?-.

-Eso ya es otro tema. Es parte de la vida, ir gestionando y solucionando lo que nos venga. Lo crucial es la decisión, no quedarte en esas mitades que no implican ningún compromiso-.

-¿Se trata de compromiso?-.

-Eso es, decidir conlleva un compromiso, además no implica que no vayas a fallar o a equivocarte, simplemente que darás de ti lo mejor para con la elección tomada-.

-Me encanta jugar al tenis-, cierra los ojos como recordando la última partida.

-No lo haces mal del todo, si hubieras practicado desde pequeño y entrenado cada día, ¿quién sabe?, ahora serías un tenista profesional-.

-¡Ese tren se me pasó!-, riéndose y tocándose el pelo desde las entradas que comienzan ya a aclarar.

La teoría de los trenes”

-Últimamente ya no la escucho tanto, pero si la he oído mil y una veces. “este tren solo pasa una vez”. (Ahora me dicen eso de “se ta pasao el arroz”)-.

-¡Vaya!, como si viviéramos en una estación esperando a que pase aquel que nos lleva al destino deseado, o como si fuéramos a hacer una paella con nuestra vida, ¿qué le importa a la gente?-.

-Nunca me gustó. Te hace sentir que has desaprovechado la vida. Como si los demás fueran mucho más inteligentes y clarividentes para ver lo que podrías haber hecho-.

Si hubiera, o si pudiera, no me gustan tampoco estas expresiones, aunque a veces son inevitables, y las piensas, no siempre que van mal las cosas, son simples juegos de la mente, pensando por ti o por otros, cuando divagas en los recuerdos.

Es un dicho bastante desagradable, pero es cierto que da rabia cuando pierdes un tren, has de hacer cambios, improvisar otras alternativas, pensar qué hacer con el tiempo hasta que llegue otro… ¿y si no llega?… Por supuesto es una metáfora de los momentos cruciales, los que son o fueron más idóneos para hacer algo o elegir un camino. Pero al fin y al cabo somos nosotros a decidir cuándo, con quién, cómo, el qué y el dónde o el porqué.

-No olvides las variables-, me recuerda.

-Cierto, el libre albedrío de todo y la nueva forma de !vida independiente!-, me río.

Lo más complicado de la vida es mirar solo al frente, darte cuenta de que el hoy y el presente es lo que existe, pues más allá de tus mil y una posibles opciones o trenes que pasaran por tu vida, tú cogiste uno u otro, y es el que te llevó a ser cómo y quién eres. Si no te gusta, ¡cambia ahora mismo!, no te pierdas este tren, que solo tú decides vivir,… o morir entre la espada y la pared, cuando ya no quede otra opción, pues se te acabó el tiempo, agotadas las ilusiones, las fuerzas, la paciencia, las personas que te apoyen y te quieran.

-¿Dónde queda ahora este tuyo “a veces”?-.

-¡Vaya!, pues debe ser que a veces ocurre… si, eso debe ser, que hay momentos en los que nada de estas teorías ni dichos funcionan, pero eso si, no te puedes quedar a medias, o te comprometes o…-.

-¿…o qué?-, me interrumpe y amenaza con cosquillas.

-¡Pues que pierdes el tren!-, salgo corriendo y gritando socorro, porque no puedo soportar las cosquillas.

A veces pasa, y no es un tren, ni una espada amenazando, estás solo tú y la actitud con la que vives las consecuencias de tus decisiones.

Diario no diario. “El espejo”

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Mi padre siempre decía: “Los hijos son como de barro y se pueden modelar”. (Algo así).

No es que sea algo que se destaque de una manera particular en estos momentos de mi vida, es evidente que desde que nacemos somos susceptibles en carácter y personalidad, al entorno. Pero, en los últimos tiempos, en los que ya soy bastante más que adulta y vivo esa edad en la que comienzo a plantearme qué, quién, cómo soy y a dónde me lleva esto que hago, (-Perdón, quiero cambiar de profesión, ¿se puede?-), he llegado a un punto en el que es inevitable observar a los demás con más atención y analizar el porqué soy más feliz o infeliz, más o menos adulta o madura que otras personas. También observo cómo gestionamos, las parejas, familias o conocidos, las relaciones, cómo se sienten y qué nivel de satisfacción personal tienen, tenemos, en referencia al entorno laboral, amistoso y familiar.

-No conozco muchas personas felices, casi todos se sienten solos, aún cuando no lo están, porque no quieren estar ahí-.

-¿Yo?-.

-No, tú me tienes a mí, y sé que te gusta estar aquí-.

-A veces si y otras no tanto, pero hay tiempo en el día para todo-.

Relacionándome con las mismas personas y conociendo nuevas, cambiando de residencia, países y ciudades, observo que, lo realmente importante, es el entorno, a lo que defino como “el espejo”.

Aquello de lo que nos rodeamos y llena nuestros días, tanto las cosas en casa, las personas que elegimos para convivir, los amigos con los que compartimos penas o alegrías, los lugares a donde vamos a comprar o comer, el paisaje tanto urbano como natural al que nos acercamos o visitamos y hasta el clima o lo que nos alimenta diariamente.

-Si la persona que me vende los tomates me cae bien, yo seguiré comprando allí-.

-Pues el otro día entramos en otra frutería-.

-Es que también me gusta esa otra-.

Lo que vemos y a quien miramos, es un reflejo de nuestra existencia. La imagen que nos devuelve este espejo es la referencia de nuestro aspecto físico, es la que ven los otros. (Me horroriza saber o pensar esto).
Somos muy críticos con los demás, es fácil, y es más, podemos ver con claridad soluciones desde fuera, cuando después sea muy difícil aplicarnos el cuento. Si de algo nos sirve, lo que vemos y cómo lo hacen otros, es para poder cambiar la propia actitud y darnos cuenta de lo que no nos gusta de lo que hacemos y pensamos, sean valores, comportamientos o incluso, el aspecto y el lenguaje que empleamos.

Si me encuentro delante de ti, inmediatamente aceptaré que tus gestos u opiniones son un reflejo de mí. Por esto, intentamos por todos los medios debatir y discutir hasta confirmar las diferencias entre ambos, a las malas, hasta buscaremos documentos que lo verifiquen. Otras veces ocurre esa simpatía que reafirma el qué y el cómo pensamos, que somos parecidos, ahí, nos sentimos cómodos y provocamos nuevos momentos de estar con esta persona, en ese lugar. Otras veces, nos atrae lo desconocido, aquello que nada tiene que ver, pero que en realidad si, pues es tu curiosa esencia de probar y ser un yo diferente.

-No sé-.

-Deja que siga pensando-.

Buscamos lo que hable de nosotros, símbolos que se acerquen al bestiario mental, del concepto que más se acerca a definirnos, o al menos, a lo que pretendemos llegar a ser.
Es muy importante el hogar, trabajo, amistades y gente que conforme nuestra vida, tanto emocional como activa.
Como semillas en un terreno apropiado, con los elementos y nutrientes que colaborarán, en su justa medida, a hacernos crecer en condiciones favorables. Sacando lo mejor de nosotros. Pues ese es el fin, ser mejores seres humanos.

En ocasiones la lucha por ser y hacer, se convierte en una guerra que puede llegar a los limites de las fuerzas, de lo impensable o sobrehumano, ese nomadismo que nos impulsa a ir allá donde podemos ser, estar y vivir, pudiendo experimentar, en su plenitud, lo que creemos tener escrito en nuestro destino que debemos hacer… ser.

En un documental que vi hace unos años, sobre cómo se desarrolla el cerebro de un niño, “The baby human”, decía algo así: “…los niños se comportan como científicos en un laboratorio, experimentan, prueban…”

Creo que somos siempre así, no solo en la infancia, seguimos siendo científicos, probando, mezclando, creando complejas fórmulas y alquimias en las relaciones, poniéndonos al límite.

Si, soy adulta y lo que más deseo es ser madura, un adulto que cada día sea más sabio, más compenetrado con la naturaleza y mi propia existencia. Sigo sintiéndome lejos de ser una mujer al uso, me refiero a los estereotipos, no a lo más intrínseco, tengo fisionomía y sexo femenino, (aún mis ciclos me lo recuerdan), pero con respecto a mi comportamiento sexual ante un varón nunca ha sido muy normal. No me he matado por buscar una pareja, ni un novio, (éste no lo he tenido jamás tal y como se entiende). No he sido madre, aunque lo intenté con un par de compañeros más o menos estables, pero el sentido de la paternidad no estaba muy desarrollado en ellos, por lo que, aunque estuviera entre mis prioridades, el hecho es, que si hoy en día no soy madre, es porque no era tan primordial. En fin, ya no lo seré nunca (aunque el “siempre” se enamore del “nunca”, en la teoría circular).

Hay muchas cosas que ya no seré y puedo apostar por muchos lugares a los que no iré, así como personas a las que no volveré a encontrar jamás.

Soy una persona y es suficiente, y me la pela que nadie quiera (o haya querido) procrear conmigo, esto solo me hace sentir algo de soledad (superado el tema de mi instinto más animal), sobretodo mirando hacia el futuro (que ya es presente, es curioso cómo se acercan estos presente-futuro, a cierta edad). Es como si a pesar de la cantidad de seres humanos que coexistimos, me fuera a quedar más sola que la una, por no tener descendencia o compañero vital.

¿Cómo es posible (pienso mucho en ello), que de tantos cientos de millones de personas que hay en el mundo, una persona deba estar sola y sentir soledad?

…espejos…

-¿Sabes?, me compré un espejo, alto como yo, lo he colocado frente a la entrada, para ver mi reflejo, para saberme acompañada. Puedo tener una mascota, aunque esquejar y hacer mini jardines es muy buena compañía también-.

-¿No te da miedo ver tu reflejo completo al entrar en la casa?-.

-Es al fin y al cabo el reflejo de un ser humano. ¿Sabes?, otra de las certezas que tengo es que no podré ser nunca feliz-.

-Todos tienen derecho a ser felices-.

-Si, lo sé, hasta el ser más cabrón de los cabrones-.

Y es a causa de este “espejo” exterior, el de la realidad del presente, lo que ocurre, hacen otros, lo que veo y oigo cada día. Estas personas con las que interactúo directa o indirectamente, son el referente de mi, como la imagen que refleja el espejo. Eso me horroriza.

-Por esto me he comprado uno, para poder seguir identificando esa cierta esencia que es solo “de mi a mi”, lo que hago, digo, hice y pienso, es lo que hay, busco comprenderlo en mi propia existencia-.

-¿No puedes ser feliz?-.

-¿A caso tú si?-.

-A veces, a ratos-.

– Lo mismo yo-.

-No puedo desvincularme de lo que soy ante el reflejo del mundo, tan difícil, tan doloroso, cruel, iracundo, envidioso, deshonesto, torturador,… pero después me presento ante el espejo, me miro y solo estoy yo, depende solo de mí, mi ser, pero el mundo no depende de mí. Pasa lo mismo cuando miro las nubes pasar o me ensimismo en el vaivén de las olas del mar, esto no depende de mí, está y es, a pesar se mi existencia-.

– Resta hacer lo mejor que se pueda con lo que tenemos al alcance-.

-El cincuenta por ciento de cómo vivimos, padecemos o disfrutamos la vida depende de cómo nos tomamos las cosas que nos ocurren (lo leí una vez por ahí). Aquí el carácter, juega un papel crucial, y depende de muchos factores durante el desarrollo, pero la columna vertebral de muestra personalidad se puede cambiar, la actitud será el motor-.

-Si, estoy de acuerdo-.

-Sonrío a pesar del sufrimiento del mundo, también lo lloro, pero no puedo hacerlo eternamente, ya que ante mi espejo, solo estoy yo-.

-Te refieres a que estamos hechos todos de lo mismo y que estamos vinculados de alguna manera, que por esto lloras o ríes a veces sin saber por qué, como si una parte del mundo existiera a la vez en ti-.

-No sé, puede que no todos tengamos los mismos ingredientes, unas lentejas no se hacen con lo mismo que una paella-.

-¿Me comparas con una legumbre?-.

-Bueno, a veces se me hace difícil pensar que estoy ante una persona hecha de lo mismo que yo y sea tan diferente a la vez… A la lenteja creo que le da un poco igual lo que le ocurra a un tomate.  Solo que para comprender mejor el porqué hacemos lo que hacemos, me pongo en situaciones diversas, ¿comprendes?-.

-Más o menos,. Puede que no te comprenda del todo. ¿Sabes?, tú no estás sola, estoy yo-.

-Si, lo sé-.

(Apago la luz, ya no hay reflejo ninguno en el espejo.
Silencio. Ya callas.
Me guío con las manos hasta tocar el pomo del dormitorio, me desnudo a oscuras y me meto en la cama. Ahí también estoy solo yo. Me quedan los sueños. No siento soledad, ¿cómo podría?, todo está en mi esencia, yo soy y contengo, lo mismo que tú, lo único que nos diferencia es el qué y como hacemos, más aún cuando estoy frente a ti).

-A veces me asusto de mi propio reflejo, sobretodo cuando pienso que, éste, depende de mí-.

Diario no diario. “Los puñales de terciopelo de Cornelia”

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Cornelia, se llama.

Me gusta cuando me sacan de mi mundo de alegorías, de cuentos y libros para colorear. Cuando me abofetean con la simple realidad, la veraz, sin vericuetos o formas divinas que pintan la vida de “bonito”, sin fractales y áureas descripciones, esos que te quieren bien y te dicen lo que ven en ti y tú no eres capaz de ver. Cuando así me ocurre, suelo tener una reacción de dolor y negativa, como si fuera una agresión a mi persona directamente, a mi forma de ser y vivir. Después lo interiorizo, lo visto de símbolos y lo coloco en mi repisa, lo acepto de la forma amable en la que puedo comprender la vida.

…metáforas…
…alegorías…

Nelia, se hace llamar.

Fue ella quien me miró a los ojos y me habló en el idioma que mejor entiendo, “la metáfora”.

Esta vez fue una bofetada de las buenas. Me hizo despertar desde mi poesía a la realidad más tangible.

-¿Quién eres?-, me preguntó.
-Soy el caos-, le respondí.
-Eres creativa-, me dijo.
-¡Soy creativa!-, confirmé.

Me hizo saltar, bailar, cerrar los ojos y confiar, me hizo tocar y ser tocada, gritar y silenciar. Respirar con atención y estar ante ella sin intención. Me regaló una naranja y algún otro se la comió.

Abrí mi boca y salió una verdad sin símbolo, un dolor, una grieta por la que me cuelo y me dirige a la caverna de mis pulmones, donde a veces no hay suficiente oxígeno, y el poco que hay está viciado por mi misma. Y me ahogo.

…metáforas…
…alegorías…

Nelia se sentó y colocó un banquito frente a ella para que yo me sentara. Después de un rato en silencio, lo rompí de realidad, desnuda de rimas, y expresé mi incomprensión.

-¿Qué sería de mí si no existiera la poesía?-, le pregunté.

-Habría silencio. ¿Dónde comienza tu metáfora?-, me preguntó.

-Cuando interacciono con el mundo-, le dije.

-En las relaciones, entre tú y el mundo, tú y otro ser-, afirmó.

-Así es, y cuando me encuentro ante una circunstancia más compleja, la redecoro y transformo para aceptarla mejor-

-Y a lo placentero, a lo simple, la maravilla, ¿le pones más color, lo vistes más bonito aún, lo cargas de simbología?-

-A veces lo hago más precioso si cabe, más divino, alegorizando su forma creando un templo a su contenido-, dije orgullosa.

-Pero tú no hablas siempre así-

-Hay momentos en los que callo, no tengo palabras, y comienza a generarse un mundo dentro de mí, recomponiendo lo percibido, lo sentido, para ajustarlo a mi comprensión-, confesé.

-¿Y si te pisan y te duele, gritas?-

-¡Claro!-, respondí.

-Yo, a veces me aguanto, por no molestar y no hacerle sentir mal, ¿crees que es justo, sirve para algo, se daría cuenta de que me pisó aún haciéndolo por accidente, crees que mi grito no sería un simple aviso de atención a que me están pisando?-, me decía Nelia con su serena sonrisa.

-Lo normal es gritar y así hacer ver que está pisando, tu dolor es el mismo, pero otra reacción tampoco cambiaría nada-

-Si que cambia, lo cambia todo-, firme y convencida Nelia.

-¿Cómo, para quién, a quién sirve?-, pensaba yo, mientras la escuchaba.

-Si yo no expreso en ese momento una cosa tan natural e instintiva como un “¡ay!”, callándome y pensando en que debo ser educada o no hacerle sentir mal, cuando en realidad pienso: “¡putos taconazos que me acabas de clavar en el pié, joé cómo duele!”, puede que otro día al verla pasar me aleje y la salude con un gesto ligero acordándome del pisotón-

-Nunca sabría por qué ya no te acercas-, fui comprendiendo.

-Imagina que es alguien a quien aprecias y que te molestó, en un intento de ser educada, empática o complaciente, no le expresas lo que sientes, o simplemente ya no te cae bien o no te interesa más, o se repite la circunstancia y no dices nada. Es entonces, cuando ocurre, que cada vez que la despistes, le des una excusa o esperes en la esquina para no encontrártela y tenerla que saludar, cuando le das “puñaladas de terciopelo”. Éstas son las peores, las que dañan no solo al otro sino a ti, perdiendo el tiempo y haciéndote comportar de una manera no sencilla, falsa al fin y al cabo-, respiró profundamente Nelia.

-Puñales de terciopelo, dañando lentamente, con suave falsedad, con silencios y sonrisa y excusas que a nadie da, para nada sirven-, murmuré.

-Con un simple “¡ay!”, y un “excusa”, quizás habría sido suficiente-, repetía Nelia.

-“Puñales de terciopelo”, esto es una metáfora-

-Si, tú eliges, una simple respuesta o hacer una creación simbólica de un pisotón o de algo que no te guste. ¿Qué es más real para todos?, ¿esa falsa educación, injusta y retorcida empatía, pensar por los demás?-

-“Puñaladas de terciopelo”, que te alejan y haces alejar, que traicionan y amenazan tu integridad, tu dignidad-

…metáforas…
…alegorías…

Qué real y simbólico es un ¡AY!, un NO, contenedor de un significado, de un pensamiento, de tu forma de ver, querer y sentir una negativa, lo que rechazas, lo que no te entra, no convence, en lo que ya no crees… NO, es tan simple y fuerte a la vez, tan difícil de decir a veces… como el SI, un HOLA o un ADIÓS.

-¿Bailamos y te recito al oído algo que escribí?-, sonreí.

-Bailaremos sin más y en silencio, hoy no me importa tu poesía-, dijo Nelia mirándome y sonriendo.

-¿Y si te piso?-, reía mientras ya bailábamos.

-¡Baila y calla!-, girando más rápido cada vez.

Inventando. “Crear desde las entrañas”

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Maquino, confabulo, creo estratagemas, calculo dónde, cómo y el porqué un color o una línea ha de estar donde debe.

-Crear desde las entrañas-

Qué poca confianza le tengo a mi corazón,
instinto atrofiado por el pensamiento,
caos que emerge desde la sinrazón,
buscando maneras de liberar el conocimiento.

Absurda es la verdad que se esconde,
bajo la almohada de la ensoñación,
trae consigo la realidad del insomne,
dejándome vulnerable a la expectación.

No quiero pensar para sentir sin más,
infértiles noches en vela a la deriva,
sin esperar el rico manjar probado jamás,
desmembrada mi fortuna al que la quiera.

Qué poca confianza le tengo a mi corazón,
que no sabe de la vida cotidiana,
insensateces que dan pié a la confusión,
a este órgano vital que me dejó olvidada.

Yo: …debo crear desde las entrañas…
Tú: ¿No es el cerebro una entraña?
Yo: Es un órgano vital.
Tú: Como el corazón.
Yo: Él puede vivir sin el cerebro, pero éste no sin el corazón.
Tú: ¿Cómo aprenderás a crear desde las entrañas?
Yo: Lo pensaré.
Tú: ¿Con el cerebro?
Yo: ¿Con qué si no?
Tú: Puedes aprender por instinto.
Yo: ¿Dónde está?
Tú: En tus entrañas.

Inventando. “Manifiesto de libertad II”

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Hay varias cosas que me preocupan, son temas en los que suelo trabajar, tanto en mi obra plástica como en mi relación con el mundo.

-Trabajo como medio de vida.
-Mi relación con otras personas.
-Mi creatividad.
-Relación con la tierra.
-Los medios y la sociedad.
-Pensamiento y creencias.
-Mi ser como mujer.

¿Es así para todos?, no lo sé, ni siquiera sé si todos nos planteamos la libertad, o quizás alguna vez en la vida, puede que haya quien nunca lo haga, pues no les haga falta.

…¿Es mi preocupación parte del sentirme no libre?

…¿Será que quiero más de lo que el mundo ofrece?

…¿Puede que el sentido de libertad es algo relativo según los momentos que vivimos, si sufrimos o somos felices?

No quisiera y sin querer, quiero.
-¡Cuánto me gusta el olor a cemento y a hierro forjado!-

Yo: ¿Quién es libre?
Tú: Quien sabe lo que siente.
Yo: ¿Quién te hace libre?
Tú: Quien no te teme.

La libertad me hace sonreír
y a veces callar, otras correr.
-Tengo un espejo que aumenta por tres-

Yo: ¿Quién puede ser libre?
Tú: Quien confía.
Yo: ¿Cómo reconozco la libertad?
Tú: No sentirás la falta de nada.

Me gusta sentir vacío en mis manos,
cuando camino, corro o nado.
-Miro el cielo debajo de la superficie del mar-

Yo: ¿Cuánto cuesta ser libre?
Tú: Tanto como cuesta aprender a volar sin alas.
Yo: ¿Sentir libertad es despojarte de todo y de los apegos?
Tú: Es poseer como si no poseyeras.

Estoy tan insegura, que me alivia,
cuento los días del mes y me aseguro.
-Me gusta decir: Olímpica, Aurora y Olivia-

Yo: ¿Debemos ser libres?
Tú: Obligatoriamente, si. Es un derecho y un deber.
Yo: ¿Y si tu libertad condiciona la mía?
Tú: Ser libre no quita de ser compasivo, empático, justo. Haciendo un buen uso de esa libertad, sin crear temor ni temer.

Mas no volveré a rimar jamás,
solo hasta que me digan: “debes parar”, sin más.
-Cantaré la misma canción, hasta olvidarme de ella-

Yo: Cuándo sabes que eres libre?
Tú: En el instante de no necesitar serlo.
Yo: ¿Puedes ser libre con consciencia?
Tú: Si, tan consciente como te sientas triste, asustado o feliz, lo eres, lo estás, y no te lo cuestionas.

Soy libre de sentir sin decir, ni nombrar.
Sonrío a mi agenda y diario personal, y a veces me ve silenciar.
-Dejo la ventana abierta haga frío o calor, pero si tú estás la dejamos a la mitad-

Yo: ¿No es cansado ser libre?
Tú: Tanto como no serlo.
Yo: ¿Cuándo  sabes que no lo eres?
Tú: Cuando deseas lo que no tienes, temes perder, no confías y te esfuerzas por ser quien no puedes ser.

Cojo la maleta y me voy al portal,
bajo las estrellas, dormiré hoy, en el umbral.
-Ssssshhhh… no se lo digas a nadie, que te estoy viendo soñar-

Yo: ¿Qué haces?
Tú: Reescribo tu nombre.
Yo: ¿Cómo me llamarás?
Tú: Sin miedos, con libertad.

Grité al viento el mío, y se desvaneció… ¡grita el tuyo!

-No me gusta gritar-

Mujer sin igual

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