Inventando. “Cordero piel de lobo piel de cordero”

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Inventando. “Cuento del lobo pastor”

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Ocurrió una vez que un lobo y un cordero vivieron unidos y en paz, yo diría que incluso fueron felices.

El lobo rastreaba cada día huellas y señales en busca de sustento, unas veces quedaba más satisfecho y comía para varios días o semanas, pues otras no era lo suficientemente sustancioso o nada que llevarse a la boca. El más rico de los olores era el del cordero, se acercaba siempre a la manada, conocía ya el rastro y campo donde pastaba, observaba su movimiento, estudiaba cómo podría hacerse con todos, pensó que si lograba tenerlos para él, no le faltaría alimento por mucho tiempo.

El lobo descubrió que todos los corderos se movían como si fuera uno solo, que era fácil cazar a alguno rezagado, pero no era su intención, así que trazó un plan, atraparía a uno y con su piel se haría pasar por uno de ellos para ganarse su confianza y llevarlos cerca de su guarida para adiestrarlos como rebaño y despensa inagotable.

Así ocurrió, encandiló a uno de los corderos extraviados, haciéndolo volver al grupo. Cada día volvía a separarse y le hacía alejarse cada vez más, dirigiéndolo hacia su cueva, volviendo después al redil. Se hizo pasar por cordero, llegó incluso a pastar, alguna noche se escabullía para cazar pequeñas presas que saciara su instinto carnal. Pasado un tiempo y ganada su credulidad, logró que el rebaño se dirigiera hacia su propósito.

El cordero rezagado iba pegado siempre a él, también aprendió a rastrear, incluso alguna noche le siguió y hacía colación con los restos que desechaba su raptor, algo orgulloso, el lobo dejaba un poco más para su compañero. Y si, así fue, llegaron a ser compañeros, corrían, jugaban, se divertían en las escapadas, acompañaban a la manada a pastar, dormían juntos incluso, al lobo le complacía el calor que éste le aportaba y el cordero se sentía igualmente en manada.

Y ocurrió algo inesperado.

Este encuentro se convirtió en una relación de camaradería, el lobo llegó a quitarse la piel de cordero y no creó ninguna expectación ni terror a su compañero confiado, el redil fue alejándose, pues la vida de dos fue ocupando lugar en el cotidiano de esta pareja peculiar, dejándose llevar por las noches y los días de convivencia extraordinaria. Llegaron a comunicarse en una lengua endémica, fueron inseparables lobo y cordero, cómplices, íntimos y amigos, incluso hermanos, diría yo.

No solo el cordero aprendió a cazar y comer más que hierbas, el lobo compartió y su vida en solitario cambió radicalmente, iban juntos a buscar prados donde pastar el cordero, mientras el lobo lo protegía de otros cazadores, al lobo le encantaba acurrucarse en su blando y acogedor cuerpo en la oscuridad de su cueva. Amaestrados estaban ambos al aullido y al balar, correteaban y saltaban jugando, y así por mucho tiempo vivieron en equilibrio.

Llegaron tiempos de frío y escaso de alimento feroz, el lobo comenzó a palidecer y demacrarse, su instinto enloquecía su amor por el cordero obsesionado por la idea de devorarlo. Para poder controlarse, escapaba a cazar en solitario y dejaba al cordero indefenso. Preocupado por éste, volvió a trazar un plan, haciendo que el cordero volviera a su manada. Se puso la piel de cordero e hizo lo mismo que entonces, hacía que su amigo le acompañase y durante el día pastaba con sus congéneres, pero, por la noche, amaestrado, volvía buscando la seguridad de la cueva, encontrándose solo y el suelo ensangrentado, con restos de la misma sangre que le hizo nacer, pues al redil acudía el lobo a cazar en la oscuridad, hincando sus colmillos en las pieles mullidas y rizadas. El cordero, atemorizado por el olor de su propia muerte, escapó, pero la costumbre del amaestramiento le hizo volver a pesar del miedo, confiando en que saldría bien parado.

Sintiendo el lobo que traicionaba la confianza de su cordero hermano, quiso echarlo definitivamente, le mordió y le aulló fieramente para asustarlo y que huyera al refugio del rebaño.  Así fue. Pero el lobo no quería abandonarlo totalmente a su suerte, sabía que todo había cambiado para ambos, que al cordero le rugirían las tripas echando de menos algo de sangre en su pasto y ahora más que nunca tendería a rezagarse de la manada poniendo su vida en peligro; y él, ya no podría estar más solo, aunque satisficiera su famélico instinto con la sangre de otras presas, pues sentía un cierto dolor al herirlas de muerte, empático en los recuerdos de unión y compañía. Eso le hizo jugar con ellas y apresarlas durante un tiempo en su cueva, que medio inconscientes, servían de almohada al lobo, antes de su trágico final.

Quiso el lobo pastor mantener al cordero en su supervivencia, protegiéndolo y aportándole su dosis de compañía colateral, y quiso el cordero seguir dando compañía y calor al lobo en su cueva. Se escondían entre las rocas y árboles a jugar y saltar como entonces. Con el tiempo, esos ratos se fueron alargando, su amistad sobrevivió al manso y al feroz, al sol y a la oscuridad, a la manada y a la soledad, al miedo y al cazador, al frío y a la escasez. Aprendió a convivir en equilibrio esta amistad de extraordinaria camaradería; el cordero, sin vuelta atrás a sus orígenes y el lobo, con sus instintos adiestrados, jugaron, cazaron, pastaron, aullaron, balaron y reposaron juntos hasta el fin de sus días.

En la cueva yacieron, quedando sus pieles acurrucadas, donde no se pudo distinguir jamás quién fue lobo y quién cordero.

LoboPiel-CorderoPiel-Lobo

~

Esta historia se la dedico a mi amigo, que siempre dice que es un hombre fatal

y se veía identificado con la imagen del lobo con piel de cordero, lo que no sabe él es

que, si yo vistiera piel de lobo, no me haría ser cordero y tampoco lobo.

Somos compleja y simplemente hombre o mujer, con piel e instintos humanos.

Inventando. “El lobo con piel de cordero”

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¿Yo?, ¿un lobo con piel de cordero?

En todo caso, sería un cordero con piel de lobo.

¿Yo?, tan vulnerable ¡QUE VOY DESNUDA!.

Pero ahí me vi, agarrando a un lobo salvaje por las orejas.

Así me desperté un día.

¿De dónde salió el lobo?

¿Cómo llegaron a parar sus orejas a mis manos?

¡Y yo desnuda!

Si lo suelto me muerde, no sé si por miedo a mí o por hambre (yo pienso que me comería).

Si lo sigo agarrando, he de ir con él a todas partes, tendría que pintar, cocinar, dormir, lavarme, correr o ir de viaje agarrándolo por las orejas.

¡Qué problema!

¡Y yo desnuda!

He de decidir de una vez por todas qué hacer.

Pasa el tiempo y estoy cansada, agotada de llevar este pesado lobo, moviéndose, retorciéndose, intentando arañar, a mí y a todo el que se acerca.

¡Decidir!

¡Ser devorado!, y además con dolor, miedo o peor aún, terror.

No quiero seguir sujetándolo, es demasiado.

¡Voy desnuda!

¡Lo soltaré, está decidido!, a ver qué pasa.

Lucharé con él, aunque estoy en total desventaja.

¡Tiene fauces y dientes afilados!

¡Ahí va, lo dejo caer!

Y nunca me habría esperado algo así, lo tuve tanto tiempo asido de las orejas, que ni pudo comer o correr libre.

Así se quedó flaco, débil, dominado, domesticado.

¿Un lobo salvaje?

¡Cayó al suelo desplomado!

Ya no respiraba.

¡Y yo desnuda!

Lo despellejé, limpié la piel y cepillé el pelo.

Me cubrí el cuerpo.

Era reconfortante, suave, esa fue la primera impresión.

No me sentí más fuerte, ni poderosa, sentí que había vivido con miedo durante mucho tiempo, que lo único que aportó a mi vida fue, estar aterrorizada, ir evitando que hiciera daño a otros y, eso, vestirme.

Ya no voy desnuda.

Ningún lobo se volvió a acercar a mí, la piel de aquel quedaría como escudo y señal de una lucha con un lobo al que ni siquiera reté, que nunca me atacó.

Y ahí estaba yo, vestida con piel de lobo.