Inventando. “El sustituto”

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…era tan pobre, estaba tan triste, que se hizo de agua para ahorrar en lágrimas…

¡Qué triste y melancólico, tan deprimente, que solo el poeta sería capaz de ser engullido por ella con tal de alimentar sus palabras rimadas!

Y sin ser poeta, usé las palabras en oda y metáfora. Que osada y presumida, no logro describir lo que se siente después de quedar sin una sola lágrima que derramar. Pues ya no hay un porqué, ni para nada sirve mas que para crear un sustituto a la voluntad de hacer algo más, que no doler, no sufrir y no lamentar.

Nunca me gustó la narrativa, prosa, ficción o fantasía descriptiva. Adoro leer a Verne, él es diferente, cuenta la verdad de su realidad, pero con mucho entusiasmo. Uno de mis libros preferidos es “Los viajes de Gulliver” de Swift, también habla del mundo real, solo que bajo su curiosa perspectiva. No me gustan las historias ni cuentos donde hablan animales, aunque me dejé engatusar y enamorar por Kipplin, y en su selva me quedé a vivir un rato, convirtiéndome en un pajarillo asustado que se tragaba las palabras, temeroso de saberse con el poder de gritar al mundo que sabía hablar.

A llorar no se aprende, nacemos haciéndolo como algo ya humano, como cualquier otra función fisiológica, que viene escrito en el instinto de supervivencia. Después aprendemos más herramientas y aspectos que seguirán ayudando a este sobrevivir. Como el reír, besar o hablar.

Y este llorar del neonato no está relacionado con el dolor, la tristeza y la perdida, al menos no de la misma forma en la que lo expresamos al crecer.

En la edad adulta lo hacemos a veces por frustración, cansancio o estrés, perdida de un ser querido, separación, dolor físico insoportable, el daño inferido por quienes apreciamos, vivencias tan emocionantes que no podríamos expresar de otra manera, pues la lágrima sale sin querer ante la empática angustia de otro ser, la alegría inmensa o la maravilla de la naturaleza y el arte tocándonos, embriagando los sentidos.

…y lloramos en la ducha para que el llanto corra desapercibido… y ya pasó, nos secamos como si nada hubiera ocurrido…

-Es que no quiero llorar-
-¡Sácalo y te desahogas!-

~

Y es la lágrima, agua que ahoga
destino de recuerdo insoportable
mudo quejido del alma que asoma
muerte de comisura intolerable.

Y es llorar el paréntesis y pausa
resistencia vencida al abandono
la coral de sentidos en la aguada
ánimo caído y el pesar de todo.

Y es la lágrima, que osa ser feliz
cuando al sol se tumba a admirar
que no hay emoción con tal cariz
que no seque al instante el respirar.

Y es llorar de amor el mayor indulto
ligado a la perdida de lo querido
cuando el penar es el sustituto
de la culpa y perdón concedido.

~

-Bueno tampoco aguantas mucho riendo a carcajadas, ni la ira te enfurecerá más de mil días-
-¿Cuánto estuve llorando?-
-Mil días-
-¿No es esa la ira?-
-El llanto fue el sustituto-

…llora de alegría sin temor, de dolor físico con naturalidad, y lo haremos con timidez si es el alma la que llora…

Inventando. “Ser de agua a flote”

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~

Ser de agua se hizo antes de ahogar,
su pulso al aire estaba sometido,
pelo enredado en eco de caracolas,
sorda al bullicio no halla el  hogar.

Ser aletargado en superficie de cristal,
flotando respira de lo básico intuido,
pies que caminan al vaivén de las olas,
ni piel ni escamas aliviarán su mal.

Es aquella sirena que sabía volar,
con alas tatuadas de arena y de sal,
anestesiada en el líquido de la pasión,
su cuerpo quedó atrapado en el mar.

Mujer de agua se hizo para resistir,
arropada por el abrigo azul abisal,
bañado de reflejos de luz su corazón,
al ritmo de los ecos del alba revivir.

~

Inventando. “Oda a las lágrimas”

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Ayer caminé hacia el mar

saboreando mis comisuras de hiel,

no recuerdo cómo fui a parar

siguiendo los surcos en mi piel.

~

Hoy voy consciente hacia el ayer

haciendo mis huellas orillar,

creando recuerdos para ver

y devolviendo la sal a su lugar.

Inventando. “Lágrimas secas”

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Una vez lloré,

las lágrimas corrieron por mi rostro, por mi boca,

entre mis pechos,

dirigidos por la línea alba llegaron hasta mi sexo.

Refluyeron hacia mi interior,

regenerándose en el agua que compone, en armonía, mi cuerpo.

Otra vez lloré,

las lágrimas eran secas.

La sal se acumuló en mis labios,

dejando áridos cuello, pecho y vientre.

Sin lugar, sin tiempo, sin templanza, sin paz,

me convertí en pez escamado

y nadé de espaldas sobre la sal.

Los peces no lloran.