Trozos de mí. “Oídos”

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Los oídos son hermanos de los ojos, atienden antes y avisa a éstos en su dirección, pero, no se pueden cerrar.

El silencio es la quimera del oído, es como el paraíso prometido. Educarlo es parte de nuestro crecimiento, le enseñamos lo que sirve o lo que es desechable, también le inculcamos moralidad, cultura; ser sensible a ciertos sonidos, especializarse en formas de comunicación; forman parte imprescindible de nuestra supervivencia.

Oir y escuchar, eso es lo que hacen. Ahí manda el cerebro, que interpreta todo lo que llega, de forma invisible pero física, al oído. A través del oido nos entra una cantidad de información que ha de ser seleccionada, clasificada, asimilada y archivada o descartada en el cerebro. Todo ello va haciendo que tengamos un sentido de la realidad supeditado, primero, del sujeto del que viene el sonido o información, y segundo de la habilidad de tu cerebro para hacer del material algo provechoso.

A veces soy toda oídos, pero vienen con mi boca, algo intermitente que suelo interceder en los tuyos sin que puedas remediarlo. A través de los sonidos tenemos la posibilidad de elevar nuestro sentir al mayor de los placeres, con la música, el sonido de la naturaleza; o también a casi la locura y perder los nervios o incluso, salvar la vida.

Los oídos son algo físico que se mueve en un mundo de ondas electromagnéticas rodando y dando vueltas al planeta perdiendo capacidad de recepción. ¿O no?, pues ¿cómo sabemos que esos sonidos no llegan a nuestros oídos imperceptiblemente y van a un lugar de nuestro cerebro que no podemos manejar, para su administración?.

¡Quisiera cerrarlos!. A los sonidos estridentes, a las frases escupidas, a palabras gratis. Ruidos que obstaculizan la percepción de lo bello. Es imposible cerrarlos. Y ni dormida puedo, escucho en sueños lo que pienso, ¿acaso el oído está en el cerebro?

¡Puedo cerrar tus oídos!, eso sí que puedo hacerlo. Intentaré hacer todo lo que esté en mis manos para hacer llegar a otros oídos lo mejor de mí, eso sí que puedo dominarlo, puedo abrir o cerrar a mi antojo lo que llega a tus oídos. Claro que nunca sabré si lo quieres escuchar.

Intentemos hacernos oir lo mejor de nosotros, hacer sonidos que realmente valgan la pena ser escuchados, pues están siempre abiertos, generosos a la comunicación.

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Trozos de mí. “El cerebro”

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No sabía yo que le tenía tan poco respeto.

Pues ha sido siempre valorado por opiniones externas, juicios, prejuicios, críticas y comparaciones.
Neuronas adiestradas en disciplinas, roles, comportamientos aprendidos, con sexo femenino y gran cantidad de información inútil; culpa, miedos, incluso sumisas a la jerarquía del más fuerte.

En unos más de veinte años de adiestramiento, en su mayoría casi inconsciente de ello y como todos, estuve dedicada a administrar de información, adiestrar las neuronas a una serie de comportamientos, emocionales, sociales, protocolos, morales; así como a organizar mis neuronas en un programa adecuado para la buena comunicación con mis semejantes.
Claro que, eso sí, en base a una sociedad con miedos, tantos, como para restringir mis capacidades. Éstos miedos dirigidos por mi aspecto físico, límites en libertades de expresión artísticas o dialécticas o de comportamiento; miedos heredados de generación en generación, así también lo que genéticamente debes ser ya que eres igual a otros tantos que hicieron de una forma de la que tú debes seguir o no seguir rotundamente.

Mi cerebro.

Está compuesto de neuronas. Éstas, están a la espera de ser adiestradas por todo el exterior, por aquellas que ya saben cómo y qué es mejor para ellas. Llegado el momento, uno comienza a querer llegar a otros lugares donde te digeron que no podrías llegar, entonces, pienso: “no puedo”, no tengo cerebro.

Mi cerebro es infravalorado por mí misma y las neuronas que guardaban la ilusión de un regalo que nunca les llega, pierden toda esperanza. Esta sensación me llega cuando creo que soy mayor, que debo haber llegado a la madurez que se considera capaz de recoger los frutos de un buen trabajo. Pero no, falla, me fallo, no me dí cuenta de la gran falta de respeto que estaba teniendo hacia mis capacidades. Por supuesto que estoy en lo que se puede considerar a mitad de camino del fin de mis días, si todo va bien, pero me niego en rotundo a faltar a la cita de cuidar mi cerebro en todo su poder desconocido.

Consciencia de mi cerebro.

Eso es lo que quiero tener, no estoy en disposición de sentarme y quedarme a esperar lo que me venga, pienso ir a buscar más, quiero más.

Perdón a mi cerebro.

Espero que no vuelva a ocurrir, era tan ignorante de mi ignorania… espero remediarlo.

Trozos de mí. “El estómago”

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Hace ya un año que no siento mi estómago.
Un año que no cocino para él.
Lo localizo por funciones sensoriales relacionadas a las emociones.

Lo echo de menos.
Él me echa de menos.
Había una relación directa entre mi cerebro, mis emociones, sentidos y estómago.
Sabores, tiempo de mesa.
Calor de cocina, mezcla alquímica de alimentos. Chup, chup, mover, remover, cortar, sofreir.

Mi estómago está en la soledad del abandono, algo así como el olvido.
Lo localizo por el dolor del vacío.
Vacío en el olvido, olvidado en el vacío o vacío olvidado, no lo sé.

Si sé, que me falta algo, cuando busco y no encuentro lo que me llenaba esa relación con él.
Es un trozo de mí, que algunas veces fui, que hoy, recordé que tenía y lo echo de menos.

A veces también fui estómago.

Mi cuerpo. “Rodilla y mano”

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Mi cuerpo. “Cara”

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Mi cuerpo. “Piernas”

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Porque me descubro cuando te miro, me acepto porque te acepto. No me había parado a mirarme. Así comienzo esta serie, que iré colgando, en trozos.
“A veces soy solo un trozo de mí.”