Inventando. “Oda al otoño o el porqué del 22”

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Porque no recuerdan cuándo nació,
la pequeña de 3 que debió ser varón.
Tiempos de no importar quién alumbró
la vida de 1 mujer nacida por religión.

Quiso a 6 parir y ofrecer su vida,
días de rutina dedicados a la labor.
A la luna y al sol comprometida,
creando manjares de pan y sudor.

Para 7 creó un hogar y matrimonio,
tejiendo vestidos para el cobijo.
Guardando para el verano y su equinoccio,
construyó un altar a la diosa del abrigo.

De noches testigo y guardiana del dolor,
de ciclos, épocas y cónyuge enamorado.
De pié a cabeza la dignidad y el amor,
sostienen en artificio su cuerpo gastado.

Porque su nacimiento fue un regalo,
del día 22 al 23, aquella que merece el honor.
En tiempo templado de hojas en recalo,
su nombre bendice al mar del pescador.

-A mi mamá, que cumple 72, el 22 de septiembre del 1942… y hoy escribo para ella, y no es nada comparado con 43 años dedicándome un pensamiento cada día-

Mujer sin igual

Inventando. “Una gran mujer”

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Conozco a una mujer tan grande que sus amantes se pierden en su piel. Necesita uno nuevo cada día, pero ninguno de ellos logra alcanzar satisfacer sus sentidos. Así de insondable es ella, que nunca llega a conocer hasta dónde puede sentir, y es también una frustración el no colmarla. Tan grande es, que no tiene más perspectiva que la suya, como una montaña, es inamovible, inmutable a lo que le viene, receptora incansable de exploradores y senderistas del deseo, ocupas ocasionales y peregrinos de amor, ermitaños que instalan un altar a la belleza inalcanzable en devoción.

Una montaña, expuesta a las inclemencias del tiempo, las estaciones, los años… Ejércitos y poblados se instalaron o pasaron por allí por períodos; se alimentaban, refugiaban, asolaban algunas zonas y en otras cultivaban. Lugares abandonados después.

Pero una montaña no es una mujer, y una mujer no es una montaña.

Es grandiosa, tanto, que comprendes la palabra “diosa”, y como tal, la veneras, le haces monumentos, escuchas y compartes las leyendas o hazañas, que se cuentan sobre ella… pero no la conoces, nunca se acerca nadie lo suficiente, más allá de su piel… sobretodo porque todos saben que es insaciable, profunda, impenetrable, incomprensible y misteriosa. Le cuentas tus cosas, te escucha en silencio, incluso es capaz de oírte sin hablar, como en los rezos, eso es, como cuando pides deseos.

Pero las diosas no existen y ella es mujer.

Quizás el mundo le quede pequeño, o puede que sea tan bella que su brillo hizo que nos alejáramos para verla de lejos, entornando los ojos, como cuando miras al sol. Puede que por esto parezcamos pequeños, por alejarnos.

Tiene los brazos tan grandes que es capaz de acunar a diez bebés al mismo tiempo. Cuando habla es como la banda sonora que acompaña a los días de lluvia. Si sale a pasear, se crean caminos nuevos al pisar. Cuando duerme se descubre el astro sol y cuando se despierta y levanta, lo oculta en eclipse diurno.

¿Será ella la causa del insomne, de las noches en vela, de los sueños eróticos, el objeto del deseo y la pasión inalcanzable del hombre?

Pero un sueño no es objeto y ella no es un sueño.

A veces es tan grande que nos abraza, envolviéndonos con una halo de paz y bienestar extrañamente familiar… maternal.

Eso es, no hay otra palabra, pues se trata de eso lo que intento expresar con un alfabeto y mi limitada expresividad, lo que significa, contiene y desprende en su forma, el hecho de ser …

…MADRE

Expresándome. “Madre menguante”

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Hay en este mundo una criatura que espera mi maternidad.

Mi maternidad.

He tenido la capacidad de ser madre, la tengo aún.

Aún.

Soy responsable directa de lo que soy, de lo que tengo y de mi naturaleza.

Mi naturaleza.

Mujer me tocó ser, lo soy aún.

Aún.

Maternidad que he dejado menguar, cuando sentí ser madre por naturaleza.

Mi naturaleza.

Me siento una madre menguante.

Hay en el mundo una criatura que espera.

Mi maternidad.