Inventando. “Dueño de mis pensamientos”

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Busco al dueño de mis pensamientos,
que no soy yo,
pues, si nada hubiera en qué pensar,
por nadie y nada mi voz sonaría.

Busco el porqué para decir,
las unas,
palabras que son alegoría
y las otras,
las que escritas quedarían.

Busco al ser que hace eco
que, sin conocer rostro,
su nombre quisiera ver,
ya lo sé, que no soy yo,
si eres tú el resuello.

Busco cómo te hiciste dueño,
por saber si tiene un fin,
que siendo amo tú
y yo la poseída,
podría tener mi último día
de elegir mis pensamientos.

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Inventando. “El breve despertar del día”

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El breve despertar del día es un instante, fugaz, contenedor de toda posibilidad. Ocurre después de los sueños. Si, de los sueños y no del sueño.

Tan rica amanezco que no sé qué más darte que a mí, mi vida de un día, este hoy que es siempre. Y si lo rechazaras, me lo quedaría para mí, mi vida de un día, este siempre que es hoy, un despertar después de los sueños.

Tan pobre amanezco que no sé qué más darte que a mí, mi vida de un día, este hoy que es siempre. Y si lo rechazaras, me lo quedaría para mí, mi vida de un día, este siempre que es hoy, un despertar después de los sueños.

El breve despertar del día es un instante, fugaz, contenedor de toda posibilidad. Ocurre después de los sueños. Si, de los sueños y no del sueño.

Diario no diario. “Sobre la elegancia”

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LaBiblioteca

A veces imagino que una persona es como una casa, con sus diferentes estancias y con su propia funcionalidad. A cada parte de nuestro cuerpo le corresponde un lugar, un cuarto donde habitar, tanto lo que contiene, las herramientas de las que disponemos y el cómo hacemos. A su vez, todas están dirigidas por el cerebro, que sería la zona más importante de esta casa. Prestamos cuidado a unas más que a otras. Organizamos y procuramos que todo esté en su lugar para que sirva en el momento preciso.

Si, imagino que, tanto cuerpo y mente, son como nuestro hogar, donde vivir, descansar, sentirnos seguros, proteger, gozar, hacerla confortable, decorándola a nuestro gusto, guardando los objetos más preciados, amueblando las habitaciones de la manera, útil o no, que nos hace sentir en armonía con nosotros, cuidando de ella como una propiedad que nos ha tocado en hipoteca vitalicia.

Me viene la imagen del trastero, ese cuarto donde metemos lo que vamos usando menos, que no nos gusta ya, aquello que conservamos para otra estación, lo viejo, lo que queda para el recuerdo o por olvidar. Donde se acumula el polvo y anidan arañas, se corrompe el metal y se apolillan las agendas y dietarios. Zapatos que ya no nos van, ropa pasada de moda y talla esperando a adelgazar, pelucas que sirvieron para disfrazar y guirnaldas de Navidad. Juegos de infancia que son reliquias, álbumes amarilleando, que sacas al nuevo conocido y para hacerte recordar ese cómo éramos, de novias y novios que, llenos de ilusión, nos completaron con recortes y fotos ajenas en collage de un futuro idealizado,… soñado. Un cuadro a medio pintar, colonias de aromas que ya huelen rancio, aquel tiesto de la planta que murió, rollos de calendarios benéficos que no llegamos a colgar, o la caja de herramientas con los alicates y tenazas, que no llegas nunca a diferenciar.

Siempre me gustaron las casas con desván, un sótano o con un cuartillo en la azotea. Con escaleras que crujan, un ventanuco por donde entre la tenue y lúgubre luz, creando un ambiente misterioso y no dejando entrar mucho aire limpio,… ese olor a guardado, a polvo y cartón. Pero es solo una idealización, pues en lo práctico, no podría soportar que estuvieran esas cosas tan poco a mano, sin poderlas ver y usar en cualquier momento. No soporto el polvo y tampoco saber que hay libros que quisiera leer pero están mohosos y con bichos.

-Revolver entre los viejos cacharros y ropa de hace años es divertido-, me dijo él mientras preparaba los espaguetis. Habíamos quedado el sábado en su casa, me dijo que me prepararía su mejor receta de pasta, y la verdad es que la prepara con un punto exquisito. El único problema es que me sirve demasiado, así que la comida se alarga unas dos horas, charlando y tomando vino, hasta que me lo acabo todo, pues yo soy así, no me gusta dejar nada en el plato.

-Si, es verdad, me gusta mucho curiosear e investigar en estos lugares, solo que, de no usarlos, te dejan bolas de polvo por todas partes y sensación de tenerte que duchar después-, le dije rascándome la nariz y sacudiéndome las manos.

Al cabo de los años comprendí que no podía acarrear con la caja de tesoros y recuerdos, así que cada vez se fue haciendo más pequeña. Pero lo que más me gusta es poder usarlo todo. Los libros a mano, la ropa de invierno y verano en el mismo armario y no acumular zapatos o complementos que no vaya a ponerme. Lo que tengo, lo uso o lo tengo a la vista para saber que está ahí. Si no me gusta o no lo voy a usar, lo doy a quien le pueda servir más. No esperando que lleguen mejores tiempos, tener una casa más grande o compartirlo con quien no conozco aún.

Es el hoy y el ahora, la conciencia de saberte vivo en este preciso momento, en el que, el pasado, es columna vertebral y sobre ella seguimos construyendo. Mantener vivos los espacios, estancias y cuartos del hogar, esto es, cultivar lo vivo que hay en nosotros cada día. Alimentar los sentidos con el placer de las artes, la contemplación de la belleza de la naturaleza, saborear los alimentos, cuidar la piel y la estructura del templo de tu alma. Dar la salud de la alegría y el llanto al corazón; oportunidad de movimiento a los pies, cosas que construir, dar y coger a las manos. Reparar y reconstruir lo caído o arruinado, renovar lo antiguo dándole sentido a su existir.

-Me parece muy bien, pero, ¿qué tiene que ver todo esto con “la elegancia”?-, me pregunta con curiosidad y una sonrisa ladeada. Mi amigo es muy correcto, atiende siempre que le cuento cosas, aunque me repita contándole anécdotas, recuerdos y dando ejemplos. Me gusta mucho, además es curioso lo riquísimo que ha cocinado los espaguetis, voy por la mitad y, aunque ya reviento, no puedo dejar de comer.

-Creo que, cada uno tiene un sistema de gestionar su cuerpo, su casa o sus herramientas, y a esa “forma” la llamo elegancia-, le respondí.

-¿Más vino?-, me ofreció, cogiendo la botella con la servilleta al mejor estilo de un buen restaurante y con los ojos sonrientes y serviciales.

-Si, lleno por favor-.

Será la forma en que te mueves la gracia heredada, don que desarrollar, el cómo caminas y te acerques a mí y al mundo, la manera en la que dices lo que piensas, y hasta en qué piensas.

Hay días que, mientras limpio, quito el polvo o aireo los cajones, descartando bocetos que ya no me servirán, en los que imagino mi mente en ese estado, el de haber dejado partes polvorientas, cosas que dejé arrinconadas, lugares que no cuido o no recuerdo tener; aspectos de mi carácter o todo aquello que postergué para otro momento.

Somos como somos y podemos gestionarlo como mejor nos funcione. Para mí, “la elegancia” es lograr tener una armonía entre todos nuestros rincones, no haciendo cargar una parte de nosotros, o ese desván, más que otros lugares, reconciliar la ira, celos, envidia, dolor o alegrías, en un ambiente que lo englobe todo. La personalidad y el carácter da vida y forma al qué y al cómo vivimos. La consciencia de ser y estar en el preciso instante en el que habitas y vives, acorde y en armonía con quién y como eres.

-Y esto es la elegancia-, después de decir esto me llevé la copa de vino a la boca con estilo exagerado, tragando ese buche que ponía fin a mi discurso sobre “la elegancia”.

-¡Vaya!, no lo habría imaginado, pero el caso es que no te he invitado solo para comer este sábado, tenía la intención de pedirte, después del postre super casero y hecho con muchísimo amor, por supuesto, pedirte que me ayudaras a reorganizar el trastero, además tengo una colección de libros de Julio Verne, que heredé de mi tío, que me gustaría regalarte, ya que yo no los voy a leer y sé que tú lo adoras-.

-¡Pues eso si que es un regalo magnífico!, y yo que pensé que era un sábado de espaguetis y postre super casero y hecho con amor de lo más normal y extraordinario a la vez, pero vas y me pones un delantal para ¡quitar el polvo!, jajaja, claro que te ayudo a limpiar y reorganizar, que ya sabes que se me da bien, pero que sepas que voy a abrir todas las cajas y rebuscar en cada rincón, ¡que soy de lo más curiosa!-.

-¡Después te duchas!, pero tranquila, no hay mucho, ¿ya no recuerdas que hace un año hicimos lo mismo?-

-¿Si?, pues no, pero me alegro por hoy, y me llevo de regalo a mi Verne querido, ¡ole!-, aplaudiendo.

-Te digo solo una cosa que te hará recordar aquel día, fue cuando me dijiste que tenía una forma muy elegante de poner los cojines en el sofá-

-Ahora lo recuerdo, si, ese día nos sentamos entre esos cojines y te leí mi parte preferida de “La vuelta al mundo en 80 días”-.

-Espero que te guste el postre, es un tiramisú de frutos rojos-, me dijo mientras se levantaba recogiendo los platos y haciéndome un gesto de quedarme sentada.

Le sonreí mientras iba, incluso al darse la vuelta, -es elegante hasta llevando los platos sucios-, pensé.

Diario no diario. “Concepciones de mí”

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¿Pero qué concepto tengo sobre mí?

A veces varía de un día para otro. Para los demás no sé si cambia la percepción, pero yo cada día me siento diferente. Lo que influye son muchas cosas, voy a analizarlas:

-Mis sueños.
Pues si, yo sueño mucho, me pasan cosas, viajo, conozco gente nueva, me encuentro con personas que conozco y no están cerca; vivo situaciones cotidianas o totalmente surrealistas.
Cuando me despierto, me invaden todas esas sensaciones y experiencias vividas que influyen sustancialmente en mis quehaceres diarios y forma de plantearme las cosas, así como en quién voy a pensar y llamar.

-Mis planes.
Normalmente hay algún plan hecho del día anterior, esto puede ser algo que debe ser continuado pues conlleva un trabajo de más de un día, o pueden ser otros objetivos, citas, quedadas, llamadas por hacer, encuentros o reencuentros.
En muchas ocasiones, no, en la mayoría, mis expectativas siempre van más alla, por lo que ya estoy alimentando mi sensación de fracaso de mis intenciones.

…hasta aquí, la sensación que dejaron mis sueños al levantarme se irán disipando, olvidando o incluso alimentarán fantasías y depresiones varias.

-La casa.
Con quién convives, las opiniones, críticas, conversaciones, etc. que te llevan a tener conclusiones y demás percepciones de la vida que te aportan, te instruyen y te hacen reflexionar. Apoyos incondicionales o discusiones de portazos o que todos se han ido y te has quedado en casa solo.

-Mi comida.
Los momentos de placer, sentarse, comer y disfrutar de sabores, en un tiempo que es sólo para tí, en los que no tienes que trabajar, solo alimentarte, depende la temporada y sus frutos, si te gusta masticar más o menos o si eres más de carnes o verduras. De si consideras cocinar un arte o una obligación.

-Las noticias.
Esto si que altera, no el día, te altera durante un rato, pues es para esto. Te hace sentir que no eres nadie, que hay gente mejor o peor que tú, que no estás tan mal, que hay gente que vive el horror mientras tú comes tan plácido en casa; reflexionar un rato sobre política y economía; saber que la gente se muere en accidentes o te emocionas porque se casan mil parejas a la vez en un día capicúa o han rescatado a personas del fondo de la tierra.

-Los encuentros.
Indudablemente, los encuentros con otros seres humanos hacen mucho de las concepciones sobre mí, pues son ellos los que me ven, a los que me presento vestida y delante de quien me muevo y hago lo que hago.
Lo que opinan, dicen, critican; sus reacciones ante mis movimientos, acciones, conversación, opinión, discusión o crítica.

-El clima.
Esto es el remate. Según la estación amanece a una hora y anochece a otra. O hace frío o hace calor. Pero solo me afecta en la luz natural para dibujar, que me enfado y me duelen los ojos y en que llevo más ropa y es incómodo. Pero sé quien hay que le pone triste un día nublado. A mí no.

-Yo sola.
Cuando estoy sola, escribo, pinto, dibujo, pienso. Todo lo que voy viviendo, por mínimo que sea, que puede llegar a ser simplemente soñar, es como si se resumiera a estar sola, que es el momento en el que todo se asienta y toma acomodo en el pensamiento.

Soy un desbarajuste de todo el exterior, que entra en mí y se apodera de un yo que soy sin poder evitar.
Concepciones de mí que a veces ni soporto yo misma. Mañana ya no seré más esta yo, que ni en continuidad podrá seguir con el plan de ayer.
Somos algo de improvisación, somos un poco de azar, un poco de plan y una pizca de un yo variable en concepciones objetivas y subjetivas.

Soy una amalgama de un montón de yo y todo lo demás.

Curioso que he obviado lo desabradable que me resulta un coche parado y en marcha, el derroche de las energías, el aumento de la velocidad en los medios de transporte, la cantidad de humo de coche que respiro en la ciudad o que no me gusta que peguen a los niños. Estas cosas me arruinan una gran parte de mi yo del día.

Inventando. “Descontextualización o desconceptualismo”

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Entre la vigilia y el sueño.
Con destemplanza en la noche, mi mente se pierde en lugares que son inspiradores, pero a la vez angustiosos y obsesivos.
En parte, aunque lo pase algo mal por la sensación febril, me gusta mucho poder aprovechar esas horas para indagar en mi mente, en pensamientos que normalmente no podría conseguir tener; a la vez, me gustaría poder tomar notas de lo que pienso y divago.

Hoy fueron conceptos como las partes de tí que caben en un tú; la proporción que hay de un ser vivo, recién nacido, dentro de un adulto (*véase anotación sobre el elefante). Así como la descontextualización de un individuo o lugar, si lo vacías y lo obervas solo como espacio cerrado, quedando éste al concepto que tengas del objeto o persona, sin ningún valor o contenido del que partir para la idea del mismo.

Así pues. Si cogemos un individuo, como yo misma. Le quitamos lo que hago, por ejemplo dibujar, leer, correr; lo que soy para la familia, como llamar y saludar, enviar besos, escribir cartas, sms, enviar paquetes regalo de cumpleaños; lo que me pongo para vestir, la manera de peinarme o hablar y moverme. Quitemos todo lo que soy desde que me levanto y comienzo a pensar y moverme.

Ahora tengo mi cuerpo, desnudo, sin movimiento, blanco, quieto, tendido en la horizontal o firme en la vertical. Quedo desconceptualizada, eso creo.

Lo que me queda es una superficie. Lo que ves es la descontextualización de mí, donde el concepto de mi yo, queda a la sensación percibida por otro, generada por la mínima expresión de mí. Entonces, ¿soy mujer?, ¿soy Gloria?, ¿soy artista?, ¿soy lectora?, ¿soy hermana?, ¿soy?.

Es complicado poder expresar lo que la razón intentaba atrapar en mi delirio febril y nocturno.

*Anotacion sobre el elefante:

Lo del elefante es algo así. Cogemos la imagen descontextualizada de este animal y la colocamos tendida en la horizontal; nos queda una superficie que puede ser completada con su propio ser recién nacido, multiplicándolo en tantas veces como entre en el área del elefante.

Resultando que, cada ser vivo cabe en sí tantos si mismos como hay en sí.

Reflexión:

Creo que desde el punto de vista del nominalismo, pierdo todo lo que soy para quedar al juicio de conceptos universales y descontextualizados de mi yo. Cosa en la que no creo, pero quisiera creer. Como que mi imagen no generara tantos conceptos contextuales de genero, comportamiento, pensamiento, localización, generacional, cultural o social. Pues a veces si, me gustaría ser sencillamente un yo.

Gracias por entenderme, y si no, gracias por no entenderlo.