Inventando. “La restauradora de cuencos”~capítulo IV

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~ Capítulo IV ~

“El cuenco que modeló Joaquín”

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Volvieron a sus puestos de trabajo. Se puso la bata y se sentó a esperar qué le decían las piezas de aquel desastre.

Con lupa y pinzas logró completar zonas en las que quedaban huecos y grietas que seguramente estaban hechas polvo. Los fue pegando y logrando intuir la curva y comenzaron a distinguirse los dibujos originales. Según las proporciones y el peso del material, diseñó la base, tal y como se reflejaba en la fotografía y le describió Joaquín, “ancha, fuerte y gruesa”, la compuso con una barbotina hecha con el resto recogido en los tarros.

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Por ahora, los retales no se resistían a ser restaurados, era como si cada fragmento del cuenco supiera dónde debía estar.

Olimpia llevaba un diario con anotaciones de sus impresiones cuando hacia una restauración. Abrió este capitulo con la frase: “Teresa y Paolo, ¿qué ha pasado, dónde estáis?”

En las fotografías del original se podía ver un paisaje de montes y caminos, puentes al océano, redes que servían de cama, peces que volaban a ras del mar, cabellos ondulados que abrazaban la espuma de las olas que surgían del pecho de un muchacho. Cuerdas de guitarra que sujetaban las velas de un barco surcando las aguas de un lago… pero, no todos los dibujos coincidían con los fragmentos recibidos.

-¿Habrán cambiado las ilustraciones con el paso del tiempo?, ¿es posible esto?, ¿saben los artesanos que sus piezas toman vida propia y se transforman cuando van junto a sus propietarios?-, se preguntaba constantemente.

No pudo evitar ir de inmediato a reunirse con Joaquín y expresarle estas cuestiones.

-A veces ocurre, que hay tanta vida y fuerza en las relaciones, que su cuenco llega a componerse de la misma esencia de la que están hechos sus propietarios, casi como si latiera un corazón y tuviera que ser alimentado cada día, como un ser vivo que necesita de la luz del sol-, le contaba Joaquín, sentados ambos en un banco junto a la orilla del pequeño lago del parque, mientras compartían una manzana y pan de coco y cacao. Ya estaba atardeciendo y el artesano había acabado su turno, volvería a casa a descansar. Olimpia le dijo que se quedaría esa noche trabajando, no podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera recomponer esa pieza tan extraordinaria.

-Deberías descansar, durante el sueño te liberarás de tus pensamientos de hoy y dejarás espacio a nuevos que te ayuden a ver con más claridad-, le aconsejó el veterano artesano.

Visto que había adelantado mucho en este día, Olimpia recogió sus cosas y volvió a casa.

~continuará~

(Capítulo I) – (Capítulo II) – (Capítulo III) – (Capítulo IV)

Inventando. “La restauradora de cuencos”~capítulo III

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~ Capítulo III ~

“Conociendo a Teresa Bianchi y a Paolo Volpe”

OlimpiaEnElParque

Consiguió la fotografía del contenedor de Teresa y Paolo. La imprimió y se fue al parque con una manzana para estudiarla bien. En la zona había un pequeño lago y podías ver el otro lado perfectamente, había gente sentada a la orilla, que como ella, disfrutaban de un rato de sol tomando algo, charlando o bañándose.

Pensó en Teresa y Paolo, en lo que le contó el artesano Joaquín y leyó atentamente el primer sobre que llegó a la fábrica junto a la demanda del cuenco.

El texto decía:

~ Te amo Teresa, como ama el mar a los peces,
con la curiosidad del sabio que experimenta,
la ilusión de un niño con un juguete nuevo.
Quisiera abrazar la luna y morir a veces,
hoy la luz del amanecer me alimenta,
y con latidos y miradas de amor me muevo.

Te amo Paolo, como aman los peces al mar,
la quietud de los brazos al bebé acunado,
la constante agua que fluye de un río.
Quisiera atrapar una estrella y desear,
hoy la noche me acompaña a tu lado,
de latidos y miradas abrigaré tu frío. ~

Y seguía así:

~ Ambos hijos de pescadores, se conocían desde pequeños, habían jugado juntos entre las redes que remendaban sus padres en el puerto, crecieron entre las rocas, las tardes interminables esperando que picara algo, mientras hablaban y hacían sus planes.
Tenían diecinueve años cuando decidieron irse juntos a descubrir el mundo. Cogieron lo imprescindible y con un poco de dinero en los bolsillos, una guitarra y mucha ilusión, emprendieron su viaje. Indiferentemente tocaban y cantaban, tanto uno como el otro. Lo hacían fatal, pero se divertían de lo lindo y conseguían algunas monedas, más por el encanto y la simpatía que desprendían, que por el arte que corriera por sus venas. Recorrieron Europa y vuelta otra vez. Cada año hacían lo mismo, a veces con menos equipaje y otras con más lujos. La India, China o los desiertos de África. Los viajes y sus sueños se veían cumplidos, cada año, a pesar de los inconvenientes o altibajos económicos, se adaptaban a toda circunstancia, pero nunca olvidaban su objetivo.
Cumplidos los veintisiete años, Teresa decidió crear el huerto más hermoso jamás soñado, y Paolo quiso construir un barco con sus propias manos, para recorrer los siete mares juntos. ~

ElPrimerSobre

Después de observar los detalles y motivos del cuenco, se dirigió a la mesa de enfermería. Colocó el trozo más grande que tenia y volcó el resto ante ella. Ocupaba toda la superficie de la mesa, se remangó y se quedó ante estos intentando comprender y resolver el puzle. Seleccionó por tamaños, color y por el tono del polvo, recogió los puñados que podían tener algo en común, y los metió en varios tarros. El primer texto frente a ella, y el nuevo sobre, aún cerrado, a un lado del cuenco esparcido.

Era la hora de comer, cogió el maíz cocido y algunos panecillos que cocinó la noche anterior, y se fue al bar un rato a charlar con sus compañeros. Era incapaz de concentrarse, solo pensaba en ese cuenco. Sorda a lo que hablaban, se fijaba en sus expresiones, gestos y miradas. Se imaginaba los viajes de Teresa y Paolo, los lugares por donde estuvieron caminando, las calles y rincones donde se pararon a cantar y tocar la guitarra para sacar unas monedas y seguir con su aventura.

-Ella es pelirroja, con ondas en una media melena, y Paolo tiene el pelo negro, a caracolillos alborotados-, pensaba Olimpia. -¿Cómo podría no creer en ellos?, parecía que, amarse y vivir su vida, les salía tan fácil como al vidriero soplar el cristal-

-¡Si Joaquín, creo en ellos!-, dijo en voz alta, sin darse cuenta de que estaba entre sus compañeros, éstos la miraron y se rieron por haberse quedado en la inopia y ella también soltó una risotada por haberse visto en esa situación.

~continuará~

(Capítulo I) – (Capítulo II) – (Capítulo III) – (Capítulo IV)

Inventando. “La restauradora de cuencos”~capítulo II

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~ Capítulo II ~

“El cuenco y el sobre”

Durante la noche seguían, artesanos y restauradores, manteniendo la vida en la fábrica. En el cambio de turno siempre compartían un rato en el que se debían comunicar las nuevas entradas y salidas de cuencos.

Junto a la demanda de un nuevo contenedor venía un sobre con uno o varios nombres y un texto. En base a esto, el artesano diseñaba y creaba un nuevo recipiente.

No habría dos iguales.

Olimpia hacía su reunión de cambio de turno y le comunicaron la entrada de un cuenco que venía en condiciones casi irreparables. Nadie se ha atrevido a mirar el sobre adjunto, el cual solo llevaba las iniciales “T. P.”.

Cogió la caja que contenía los trozos, algunas partes eran irreconocibles, pues estaba hecho añicos… hecho polvo. Era la primera vez que se ocupaba de un caso tan complicado. Solo encontró un fragmento en que pudo reconocer parte de los motivos, la curva y el color.

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No abrió aún el sobre.

Hizo fotografías al más entero y se dirigió al archivo donde se localizan todos los existentes en el mundo. Debía encontrar cómo era aquel contenedor y para quién se creó.

-Creo que me traje tortitas de coco, levadura y chocolate suficientes para hoy, pues va a ser un día largo-, pensó.

-A veces, el sobre indica el motivo de la ruptura del cuenco, pero tienes que intuir cómo pasó y si se puede resolver, para esto, te has de implicar y vincular, tanto al cuenco y a los responsables de éste-, hablaba en voz baja mientras iba buscando en los archivos del ordenador.

-Quiero ver cómo era antes de romperse-, dijo de forma contundente mirando el sobre sin abrir. -T.P.-, leyó.

Fue seleccionando por color o dibujos en el archivo hasta descartar los que no podían ser, por el volumen de piezas, debía ser un cuenco bastante grande, de cerámica, tonos tierra, garanza claro, azules, ocres y verdes. Se intuía la cola de un pez.

Quedaron menos de cien con características similares, así que, decidió ir con el fragmento al laboratorio de cerámica y hablar con los artesanos.

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-Puede que alguno reconozca la pieza y me dirija directamente-, pensó Olimpia.

Todos los artesanos le fueron indicando al más veterano, Joaquín, por lo visto es muy sensible a los gustos de la gente de mar. Visto que parecía contener motivos de peces, no lo pensó más y le preguntó directamente:

-¿Recuerdas este cuenco?-, dijo Olimpia, con el fragmento en mano, una sonrisa y cierta preocupación.

-A ver, deja que lo mire con atención, pues creo que puedo reconocer cada uno de los que he hecho…-, se quedó Joaquín murmurando mientras cogía una lupa para estudiarlo atentamente.

-Ummm, si, estoy casi seguro, …¡si!, definitivamente, son ellos, si, si, si-, dejó la lupa y contuvo la pieza entre las manos.

Y con los ojos cerrados dijo: –Era precioso, fuerte, con una base ancha y gruesa, con un par de asas bien robustas pero elegantes y dos cinturas, el color de la tierra y del mar, de la risa, el baile, el viento en la cara mientras corren por las rocas de un espigón, el calor y la seguridad de sus manos entrelazadas era tan firme que, cuando lo modelaba, yo mismo lo sentí en mis manos. Pintarlo fue como mirar a través de los ojos de Teresa a los plateados de Paolo, donde a la vez, se reflejaba el atardecer desde la orilla del mar, el cálido ambiente en su hogar lleno del verde de las plantas y olor a comida recién hecha…-, aflojando la voz, miró fijamente a los ojos lacrimosos de Olimpia.

-Está muy roto-, exclamó ella tímidamente.

-Busca el cuenco “Teresa Bianchi y Paolo Volpe~009494~verano1999”-, le dijo el viejo artesano.

-Gracias, no sé si podré con esta restauración-, dudó Olimpia.

-Cree en ellos y el cuenco te responderá-, le aseguró Joaquín.

~continuará~

(Capítulo I) – (Capítulo II) – (Capítulo III) – (Capítulo IV)

Inventando. “La restauradora de cuencos”~capítulo I

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~ Capítulo I ~

“Olimpia y el cuenco primordial”

Olimpia

Como cada día, Olimpia se levantaba a las seis de la mañana, los colores del sol iban tiñendo la habitación, dejaba siempre las persianas levantadas para no perder ni un solo amanecer, despertando juntos, sin forzar la luz en el interior. Le gustaba ver cómo se iba aclarando el cielo mientras se estiraba, luego recogía la casa, se lavaba y tomaba un desayuno completo. Escribía y leía el correo, echaba una ojeada al periódico, navegaba por las redes sociales, visitaba sus blogs preferidos o releía un capitulo al azar, entre sus libros a mano. De lunes a domingo, iba caminando hasta la fábrica de cuencos.

Olimpia trabaja en la zona de restauración.

Cuencos de todo tamaño, formas, material y colores, los había esmaltados, soplados, modelados o tallados. Del tamaño de una persona o como la palma de una mano.

-EL CUENCO PRIMORDIAL-ElPrimerCuenco-LasManos

Este era el nombre de la fábrica y en la entrada se podía leer:

~ El primer cuenco que construyó el ser humano

lo hizo con sus propias manos,

juntó las palmas y recogió sus dedos

para contener el agua que le quitaría la sed ~

Artesanos de todo el mundo se congregaban en la fábrica para crearlos. En base a la premisa del texto bajo su nombre, se realizaban estos contenedores.

Olimpia tenía la habilidad de recomponer los trozos de los recipientes rotos. Se le daban bien los puzles, acertijos o rompecabezas. Fueran de cristal o madera, de barro, papel, cerámica, metal o mármol, exponía ante la mesa todos los pedazos y comenzaba a completarlos, imaginando y acertando su forma inicial. Tenía libertad en la técnica de pegado, la única condición era que, en el acabado, debía apreciarse dónde había sido restaurado. A veces, se hacía una pequeña marca o inscripción del numero de veces reparado o de la fecha en la que se hizo el arreglo, otras incluso, se resaltaba la zona.

Cada vez que acababa uno, se preguntaba por qué no podía hacer que no se notara en absoluto que había pasado por la enfermería, como ella solía referirse a su zona de trabajo, ya que se sentía capacitada de conseguir un perfecto resultado.

Tenía dos descansos, uno a media mañana, en el que, mientras mordisqueaba una manzana, se paseaba por las otras estancias y laboratorios de los artesanos. Su preferido era el de vidrio, le gustaba ver cómo soplaban el cristal, el calor que desprendía y cómo cambiaba de color, le fascinaba lo maleable que era un material que después se haría tan duro y transparente. Siempre curiosa de saber, charlaba con todos y sonreía sorprendida por lo fácil que parecía modelar las piezas, en las manos de los artesanos.

Una de las dudas que les exponía era la del porqué debía hacer notar que los cuencos habían sido restaurados. Las respuestas eran variadas, unos decían que, como piezas únicas no podían ser reproducidas, y que el propietario debía ser más cuidadoso y ser consciente de lo que tenía entre manos. Otros, celosos de su obra, le decían que no podía imitar su maestría y aparentar que era la original.
No quedaba satisfecha con estas explicaciones, pero se conformaba y seguía a lo suyo.

En el descanso para comer, solía reunirse con algunos compañeros bajo algún árbol o en un banco del parque cercano. Y si hacia mal tiempo para estar fuera, había un pequeño bar en la fábrica, que podían usar de comedor.

Era un trabajo duro, pues no se libraba ni un solo día, pero divertido, creativo y ameno, todos sentían la gran importancia de lo que hacían, y era casi un ritual cuando uno de sus trabajos salía para ser entregado o entraba para su restauración, bueno en este caso, no les hacia sentir tan orgullosos, pues significaba que algo había ido mal.

Formar parte del equipo no era fácil, debías pasar pruebas de gran destreza, tanto manuales como resolutivas, creativas, de relaciones sociales y completar algún que otro test. Nadie sabía quién era el propietario de aquello, pues cada uno de los artesanos había sido entrevistado por diferentes personas y momentos. La respuesta les llegaba a casa por correo certificado, con el día de incorporación y un contrato de por vida.

Prácticamente era una forma de vivir, como si hubieras nacido para ello, como los médicos y el juramento Hipocrático. Podía surgir una urgencia o estar todos día y noche sin parar de producir estos contenedores. La fábrica de cuencos nunca estaba sola, unos hacían turno de día y otros de noche.

Cuando salían e iban a casa, no solían hablar de lo que hacían, simplemente trabajaban en una fábrica de cuencos, no es que fuera un secreto, pero se les veía felices, y cuando estás feliz, no suelen preguntarte por el trabajo.

Antes de la puesta del sol, Olimpia ya estaba de camino a casa, aprovechaba y compraba algo, a veces maíz, té, legumbres, fruta o verdura de temporada. Le encantaba comer, así que a veces adquiría algún producto que jamás hubiera probado y experimentaba en la cocina. Hoy compró coco rallado, levadura de cerveza desamargada en polvo (se la recomendaron una vez porque le daba buen sabor a las ensaladas) y harina de trigo, pensó hacer panecillos, -quizás le eche cacao puro, debe ser delicioso encontrarse los trocitos crujientes al morder-, pensó relamiéndose y aligerando el paso.

~continuará~

(Capítulo I) – (Capítulo II) – (Capítulo III) – (Capítulo IV)