Diario no diario. “Viviendo o conviviendo”

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La convivencia en sociedad, grupo, familia, pareja, empresa, comunidad, asociación, matrimonio, tribu o comuna.

Es muy difícil concebir otra forma de vivir o convivir liberándonos de los conceptos ya creados y experimentados por otros.

A unos les fue bien creando un entorno familiar: matrimonio, hijos, tíos, abuelos, primos, sobrinos y cuñados; y los podemos coger de referencia si les fue bien así.

Otros viven en pareja, puede ser: madre, padre e hijo o hija, amigos o amigas, amantes, hermanos, colegas, socios o inquilinos que condividen gastos comunes.

Y los hay que viven solos, no conviven en su intimidad con otro humano, pero si la comparten fuera o a retazos, por tiempos que se abren y cierran según les convenga.

Es difícil aceptar una forma de vida que se salga de lo que hemos estado mamando, de la sociedad en la que hemos sido criados, educados y tomado de referencia para ser felices o, como mínimo, aprovechar mejor lo bueno de la vida. Y a veces uno siente que es mejor persona cuando vive solo, pero lucha con un concepto de vida implantado en su estructura social que le impulsa a tenerlo a pesar de sí mismo.

¿Quieres vivir solo?, ¡vive!

¿Quieres convivir?, ¡convive!

No sentirse frustrado por no conseguir ser feliz en compañía o por no poder crear una familia o tener una pareja estable, no es un problema mental, no es una enfermedad; pero si que nos sentimos así, incluso nos mengua la inteligencia y capacidades, nuestras cualidades se ven deterioradas por la influencia de otro ser del que dependemos o que depende de nosotros; que nos domina, maltrata, castra o frustra.

Puede funcionar, dependerá de muchos condicionantes como la economía, los complejos, los fracasos personales, la impotencia y la libertad de cada ser, éstos se presentan en la realidad diaria y se hace difícil combatirlos.

Si conviviéramos en una tribu de menos de cien individuos puede que fuera más difícil plantearse las cosas de forma diferente, pues la forma de vida es similar para todo el grupo, todos tienen un fin y objetivos comunes muy claros y básicos; que pueden ser parecidos a los nuestros, sí en lo básico, como que todos tengan para comer cada día, disfrutar de tiempo de ocio y placer, cada día, dormir bajo techo, cada día, así como perpetuar la especie y protegerla de las inclemencias naturales.

Pero, en la sociedad urbana, en la ciudad, en el mundo que nos acribilla con la publicidad, estilos de vida dirigidos al consumismo, a la apariencia, al estar apetecibles sexualmente, al ser mejor que otros y trepar a lo más alto profesionalmente… son elementos adicionales que van más allá de lo básico.

Queremos más, vivir más fácil, cómodos, disfrutar del placer de los sentidos, de la cultura, la belleza, el ocio; alejarnos del trabajo duro, de las responsabilidades, de la procreación o perpetuar la especie; queremos mantenernos jóvenes y guapos, sanos, a costa de todo. Nos medicamos, nos vitaminamos, nos drogamos y machacamos en el gimnasio y conseguimos la materia prima para lograr mantener un estatus social.

¿Quieres vivir solo?, ¡vive!

¿Quieres convivir?, ¡convive!

No te sientas mal por experimentar que no funciona tu relación, pues viviendo en la sociedad que vivimos estar solo en también sociedad, formas parte como ciudadano que trabaja, fabrica y consume. Hemos fabricado una vida de individuos que engloban en sí mismo el concepto de lo que somos.

Ya no tenemos que construir un buen nido, cómodo y seguro, para atraer a una pareja para procrear.

¿Quieres vivir solo?, ¡vive!

¿Quieres convivir?, ¡convive!

¡Cambia!

¡Vive y rodéate de lo que te gusta!

¡No sufras por no querer compartir!

¡Coge lo que te sirva para estar bien y ser feliz!

¡Elige!

¡Sé valiente!

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Inventando. “Mi mundo”

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Mi mundo es real, como el de todos.

A lo largo de mi vida fui buscando referentes de formas de vivir, de amistad, de pareja, familia o referentes profesionales, con los que aprender y a los que poder seguir y no tanto imitar sino asegurarme una forma de vivir bien o feliz, garantizando que funcionara.

No he tenido muchísimos amigos, no los tengo, pero envidio a quien está rodeado de familia y compañeros o amigos con los que llenar una fiesta o poder ir de quedada de fin de semana. He viajado, conocido y convivido con mucha gente. Una de las cosas que más me interesaba era poder conocer más formas de vivir, otros conceptos familiares y parejas diferentes; con la intención de ampliar mi campo visual, mis opciones y, sinceramente, calmar mi sentimiento de miedo sabiendo que quería vivir de una manera en la cual no confío y no me garantiza un buen resultado.

Ha ido pasando el tiempo, soy más que adulta, los referentes más populares en el entorno social en el que me muevo hacen que me sienta perdida, me sujeto a los borradores o esbozos de mi intención vital de recoger datos y referentes; me hace sentir mejor el cóctel de otros mundos. Seguía caminando, con miedos, con los ojos cerrados, confiando y otras veces bien abiertos expectante a cualquier cosa. Me dí cuenta de que finalmente lo que vivía era mi propio mundo, no muy alejado de los referentes, pues comparto puntadas y ciertas conexiones que irremediablemente están, pues no somos tan diferentes.

He comprendido que mi naturaleza sigue un instinto de cambio o transformación, como hábito o rol aprendido de mis experiencias; que sin planearlo es, y que los referentes más seguros y funcionales tiendo a esquivarlos. Quiero seguir buscando, aprendiendo, investigando. Siento que mi instinto se ha convertido en mi forma de vivir, que en su totalidad tiene una forma de comportamiento que podría definir o ser relatado con sentido.

No he conocido quien tenga un método sencillo. He podido entrar en otras casas, vidas, entornos y he podido estar, sentarme, sentirme cómoda. Me he sentido parte de ese todo y ese mundo forma parte del mío. Esto me hace poder apreciar los matices posibles que existen en las relaciones y entrar en un mundo que me alimenta, me enriquece y me hace crecer, así como estimular mi capacidad creativa.

A veces me siento perdida y entonces, sigo caminando, que es lo que todos hacemos, sin remedio, asustados y expectantes, intentando crear variables que pronostiquen una seguridad para mañana. No nos damos cuenta de que todos vivimos en un solo mundo en el la riqueza de cada ser humano nos abre a otros que ni alcanzábamos a imaginar que existía. Hay ocasiones en las que no te comprendo, pero me quedo sentada a tu lado, te escucho y me dejo llevar, lo vivo, lo disfruto; si me hace sentir bien, me quedo, si no, me voy.

Os garantizo que mi mundo es muy inestable pero que evoluciona y se desarrolla en su propia idiosincrasia, conformándose como una forma de vida, en la que se puede sobrevivir.

No invento un mundo o una forma de vida, no garantizo que funcione o que me sienta feliz, me siento bien; quizás varíe en matices del tuyo, mis referentes siguen estando en éste, en el común, en el que somos humanos y todos estamos hechos de la misma materia prima, sobreviviendo en el mismo planeta que nos acoge de forma tan generosa como para darnos la oportunidad del libre albedrío.

Aquí estoy, en mi mundo, en que el podrás entrar, sentarte, dejarte llevar, vivir, disfrutar; si te hace sentir bien, quédate, si no, sigue por tu camino.

Diario no diario. “Flores en el pelo”

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Ayer salí a pasear por el centro de Granada; era un día festivo, las tiendas estaban abiertas y yo caminaba casi en contra corriente, del paseo de bolsas de compras de la multitud. Me encanta que las calles estén llenas de gente, poder verlas pasar, curiosear las conversaciones que llegan a los oídos en palabras sueltas, risas o miradas cómplices.

Ayer me sentí fuera de todo lo que me rodeaba. Todos andaban de una tienda a otra, paseando, entrando a los bares, parados en el paso de peatones, en familia, con sus hijos, charlando, riendo; oliendo a colonias, peinados perfectos, ropa preciosa de un día festivo; iban con bolsas en las manos, compras, probables, navideñas. Yo, en mi paso por esta ciudad, que me acogió por tantos años, trabajando, viviendo, comprando, riendo, esperando en la parada del bus o a que se pusiera en verde el semáforo; me sentí esta vez ajena a todos ellos.

Pasó una chica, preciosa, con el pelo arreglado a bucles, negro y brillante; una ropa aparéntemente nueva, iba acorde a la moda, embelleciendo la forma de su cuerpo; llevaba una horquilla con una flor artificial en el pelo. Recordé entonces, que yo llevé flores en el pelo una vez. De camino a la facultad, al trabajo, cogía margaritas o jazmines, la que encontrara por el camino en jardines, públicos o privados, en los parques o macetas en ventanas a pié de calle…

¿Por qué no llevo flores en el pelo ahora?, ¿qué me hizo sentir esta chica?.

Todos pasaban, yo miraba, como siempre, observando rostros o gestos, todo eso que normalmente observo, como buena voyeur, para después enriquecer mi mano al dibujar. Cuando me dí cuenta que sonreía ajena a todos ellos, los observaba como si yo no perteneciera a todo eso que les movía a estar allí, a comprar, salir a encontrarse con otros a pasar un rato en el bar o al teatro, al cine. Yo andaba observando.

En estos momentos de mi vida, no me siento de ninguna parte, me siento parte de las personas que encuentro, de muchos lugares, pero no formo parte de la sociedad. Apenas me asomo, como una montaña nevada entre las nubes de la tormenta, a la sociedad cambiante y en crisis que no soy capaz de seguir por mucho que corra. Es querer formar parte de todo y llegar casi sin aliento. Una respiración asmática que me hace tener que parar a recuperarme.

A veces me duele demasiado sentirme así, ni con flores en el pelo podría disimular formar parte de ese todo que se mueve como una maquinaria perfecta, en esta selva de cemento y ladrillo, a la que si no perteneces, casi te rechaza en inflexión, sin piedad gritando: “¡fuera!”.
Como inmigrante de lugares que no pueden entrar a convivir entre ellos, rechazados por no subirse a formar parte de la sociedad segura, que no acepta que la vida cambie ni en momentos en los que es obvio tener que darse la vuelta, del revés, si fuera necesario; sacrificando la comodidad, la seguridad de un mañana como un ayer.

¿Y si me pusiera flores en el pelo, podría ser como esa chica, pasar entre la multitud como parte de ella y no como voyeur?

Me pondré mañana una flor en el pelo, es época de florecer margaritas, así que entrelazaré una en mi horquilla. Iré a pasear, puede que siga sonriendo y observando, pues me siento parte de la vida aunque a veces no me veas, existo, soy, estoy ahí, paso por tu lado. Mañana, con mi flor en el pelo, quizás te gires porque te llegue el aroma o aprecies el color de mi margarita; puede que me sonrías, me mires de reojo y con esto…

…no seré más ajena a tí.

Diario no diario. “No estoy, no soy”

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Apenas he comenzado a caminar sola, en tierras áridas de mí. Nadie me conoce, a nadie conozco. Tengo tantas ganas de querer, mirar, acariciar, hablar, sonreir, no hablar, observar o caminar… que al no vivirlo, me doy cuenta de que no estoy.
No estoy en el paseo, en las vías del tren, en el bus, en el ascensor, en las conversaciones, entre los cincuenta centímetros de otros; entonces, me doy cuenta de que si no estoy, no soy.

No pertenezco a ningún lugar, a nadie, aunque no quiera pertenecer a nadie, si quiero sentir que soy parte de algo y de otros alguien.

No es más que estar sola. Eso es. Y claro que me cuesta más pintar, moverme, comenzar el día. Me siento estúpidamente feliz cuando sonrío. Me alimento de la propina, de una mirada, de una llamada, un toque o una intención, que parece más un regalo del día de tu cumpleaños, que realmente ganas de mí. De disfrutarme, lo que sea, aunque sea un rato de mirar a la nada, de hablar de nada, de no beber o comer nada, de no hacer absolutamente nada.

Incluso, si me das la nada, ya estoy, ya soy, pues seré nada.

Estoy bien, no soy feliz, ¿quién lo sería?, pero hoy dormiré soñando en mañana, en poder buscar otras miradas que se atrapen por mi sonrisa, que quieran mi tiempo, mi aire o mi dibujo.

No estoy aquí, pero no recuerdo cuándo me fui.

Aún así, si estoy, si soy. Será inventado, pero por eso sigo aquí.