Expresándome. “¿Por qué?”

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No hay un porqué te ocurren las cosas.
A veces arriesgas y apuestas, eliges y esquivas o coges al vuelo. Aprendes a ser más diestro, ves venir lo que pueda ocurrir.

¡Qué pocas ganas de preguntarme: ¿por qué?.
Y qué pocas ganas de pensar la respuesta!

Como en cientos de piezas que alborotan en el aire,

cada amanecer, me siento.

Parece que las tenga todas, se caen…

…se caen…

…¿es que estoy rota?…

en pedazos que alborotan a mi alrededor…

…¡tan rota!…

…en cientos de muy pocos trozos…

me descompongo como un boceto

de células blancas

que se caen

están rotas.

…No están

O están ahí, a cachos sin ton ni son.

¿Por qué?

…porque si, porque no, porque no hay agua ni oxígeno, ni contenedor…

Porque no encajan sin más, si falta uno solo.

¡Y está roto!, ¡recomponlo!

El gusano une los trozos y me recompone en la tierra, y no puedo volar…

y si volara, ¿se desvanecería cada cual en un suspiro?

de vacío, de imposible lo posible,

de caminar sobre las olas que combaten los escalones,

aquellos gigantes que me resguardan del débil que no me deja…

que no me deja y tira y tira para romperme en dos…

dos trozos.

Rota en dos, o en uno que se hizo dos.

A veces … como hoy … me siento con pocas ganas de entender y preguntar,

¿por qué?

y no hay un porqué.

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Inventando. “A través del universo”

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Me gusta, cuando dibujo, imaginar que me puedo ver desde el universo. Me alejo sin perder dónde me encuentro, hacia arriba, lejos, hasta quedar observándome desde lo más alto, en el espacio, en el universo. Me río, sonrío, pues las líneas que estoy dibujando, quedan tan mínimas, tan ridículas que me parece impresionante la capacidad de grandeza y mínimo que podemos concebir.

Intento cambiar la perspectiva de lo que siento, veo, de mí y de los demás; de lo que construimos, de las bases en las que me sostengo, incluso.

Los elementos básicos de mi, aquellos que son también cambiables pero con la coherencia de la naturaleza que me hace vivir como ser humano de forma inconsciente. Confío en esta esencia natural, no aprendida, con la que nací. Con la que crecí, también, pero de forma movible, tanto como cambiaba mi cuerpo y el entorno.

Roto. ¿Se me cayó o yo lo rompí?

A medida que fui creciendo, como todos, preguntaba o me planteaba el por qué de todas las cosas. Me paraba a pensar sobre por qué los niños éramos más bajitos que los adultos; por qué crecíamos hacia lo alto y no hacia lo ancho.

¿Por qué se repiten las estaciones?
¿Por qué celebramos cada año las mismas fiestas?
¿Por qué debemos hacer cuatro comidas al día?
¿Por qué hay periodos de vacaciones?
¿Por qué la semana ha de durar siete días?
¿Por qué mandan los mayores?
¿Por qué es tan importante pasar al año nuevo?
¿Qué se siente siendo infinito?
¿Cómo se siente, uno, siendo tú?

Preguntas que hacía obteniendo respuestas, que a veces cambiaban al día siguiente. Pero yo debía comprender por mí misma. En tanto pensaba y meditaba sobre mis dudas y demás, pasaban las estaciones, las fiestas cíclicas, crecía, vivía en mis propias carnes esos cambios que me pronosticaban ocurrirían. Fin de año, ahora se acaba, ahora comienza otro, con otras oportunidades, otras expectativas, como si 365 días se pudieran resumir en un solo día de 24 horas.

Roto. Si, roto.

Poco a poco, año tras año, fui rompiendo con los conceptos que conllevaran tener ciclos, grupos predefinidos. Teorizaba sobre la posibilidad del cambio constante, renovación de conceptos, posibilidades infinitas de ser y sentir.

Roto. Si, roto.

Rompía con todo valor conservador, familiar, amistad, pareja, trabajo, sociedad al fin y al cabo, incluso sobre mí misma como ser humano.

Rota. Si, rota. Sigo rompiendo.

Me sentía lena de vida, de horizontes posibles, mil caminos que coger, mil formas que tomar y grandes esperanzas de no encontrar lo sabido y renovar todo aquello conocido hasta cualquier momento en el que me encontrase.

Nada. Nada me contendría, todo podría contenerme. Nada podría poseerme y todo podría ser poseído.

Rota me encontré en muchas ocasiones, perdida ante mil posibilidades; sonriendo a veces, llorando ante la pérdida, recuperando en nuevas perspectivas.

Rotas las bases en las que construir desde el pasado, intentando confiar en que lo que yo era en esencia sabría, por arte natural, poder ser un yo en resumen, humano; por lo que social, por lo que parte de un todo que era, por consecuencia fácil de ser.

Rota. Si, rota.

¿Qué me encontraría se lo había roto todo?
¿Qué me quedaba sino reestructurar, reconstruir?
¿Era posible hacerlo constantemente?
¿Sería capaz de reconstruirme cada vez?
¿Es posible tomar un nuevo camino en cada momento necesario, una vez roto?

Sin perder mi horizontalidad, aunque a veces la pierdo, reencontrándome cuando ya estaba, buscando donde habrá o hubo; mirando confiada, expectante aguantando la respiración, a veces. Indecibles palabras, pues están muchas por inventar; impredecibles encuentros, sorprendentes; predecibles momentos, dolorosos, enriquecedores y destructores, a veces.
Perdiendo la verticalidad, la sujeto con todas mis fuerzas hasta que siento ganas de tumbarme mirando al cielo, dejándome calentar por el sol cuando en realidad, llueve.

Rota la vida, rompiéndola, a veces; quiero creer que hay partes de mí que nunca podré romper, pero sí cambiar y que, a través del universo pueda moverme para mirarme desde lejos y reír de lo pequeña que soy ridiculizando lo grande que me siento, estúpidamente feliz de saber que aún rompiéndose… rompiéndolo… ahí está, ahí sigue, mi yo básico, del que no puedo desligarme, un yo en el que no puedo dejar de confiar, pues si no, moriría.

Romper no me hace mal, pero si me da miedo, a veces. Replantar, arrancar las raíces y trasplantar. Volver a enraizar, una y otra vez.

Desde pequeña quise formar parte de una comunidad con tradiciones legendarias, con sus leyendas, mitos, refranes, dichos; pero una fuerza superior me impulsaba a ir más allá del horizonte del mar, curiosa de saber cómo sería yo, a quién y qué encontraría. Me hacía sentir inestabilidad y miedo pensar que ir a otro lugar significaba recoger mis raíces y llevármelas remangadas hacia otro lugar. Como un caracol, como un nómada que deja, recoge, viaja viviendo y vive pasando. Miedo a que se rompiera la vida, preguntaba y sigo preguntando a quienes encuentro ¿cómo es la vida?, ¿cómo lo haces tú?… y todos, a pesar de sus respuestas, sobreviven, como yo, a riesgo de romperse.

A través del universo, como una estrella viajaré a la velocidad de la luz, brillando desde lejos, sin remedio; de cerca, en erosión, convirtiéndome en pequeñas partículas que iluminarán menguando su brillo, desde lejos, con remedio y de cerca deslumbrando.

A veces estoy perdida y sufro y tengo miedo de romper la vida; esto solo pasa cuando no me dejo llevar por la fuerza que me empuja a vivir, tal cual, confiando en que no estoy rompiendo, solo estoy creyendo en seguir y seguir improvisando, creerme que la órbita de mi ser está, de alguna manera, en inercia por la fuerza de la naturaleza.